De tigres y lagartos

De tigres y lagartos

Perderse por las selvas de Centroamérica es entrar en los dominios del esquivo y misterioso “tigre”. Un felino escaso y dificilísimo de ver que sin embargo esta muy presente en el subconsciente de todos los habitantes de la espesura.

Ellos le llaman tigre pero realmente es el “jaguar”, que puede sobrepasar los 100 kilos y hace la función de superdepredador regulando las muchas especies que acecha, atrapa y devora.

Por lo que he leído de él, tiene la mordedura más potente de todos los mamíferos después de la hiena. Y aunque su población esta en retroceso debido a la pérdida de su terreno vital; aún se encuentra reinando en las selvas más profundas de la América húmeda.

Como no podía ser de otra forma con animal tan fantástico, el “tigre” esta presente en la mitología del continente y muy vivo en las historias que te cuentan cuando te abraza la noche y las sombras, a la tenue luz de un fuego, se suman a los peligros que te acechan.

En mi viaje siguiendo los caminos coloniales españoles por Panamá llevaba ya varios días perdido por el interior del país andando sólo o con la compañía de un único guía. En estas primeras jornadas terminaban siempre en casas de campesinos humildes que aún viven en comunión con la naturaleza. Su existencia esta determinada y marcada por la selva. La trabajan, la explotan y la temen. Y entre todas las historias que cuentan las preferidas, y contadas con más devoción, son las relativas al tigre. Sin duda es el animal más mítico y difícil de ver. Muchos incluso reconocen no haberlo visto nunca, pero los encontronazos y sucesos que protagonizan se cuentan por todos y se extienden de boca en boca agrandando aún más su misterio.

Recuerdo, mientras comíamos en una cabaña de madera con las gallinas correteando entre los pies, la explicación gesticulando de como un tigre, que debía de ser enorme, había matado un caballo y lo había arrastrado hacía la maleza más profunda para devorarlo. Cuando encontraron los restos se había zampado casi la mitad, ¡unos cien kilos de carne!.

A los pocos días estaba en casa del señor Pascual, un campesino peculiar que tiene su propiedad en el comienzo de una zona aún virgen y selvática cerca del cerro Brujo, me contaron otra historia aún más apasionante. Una noche calma oyó los quejidos agonizantes de uno de sus terneros. Solo, con una tenue linterna y su vieja escopeta, salió a comprobar que pasaba. Encontró en el río a un tigre agarrando a un ternero que se retorcía y pataleaba luchando por su vida. Desde el prado lo había arrastrado cientos de metros y con una fuerza feróz le mordía directamente en la cabeza. He leído que es el único felino que, debido a su poderosa dentellada, es capaz perforar directamente el cráneo y dando muerte a su presa. Pascual disparó al aire y el tigre soltó al moribundo ternero alejándose entre la vegetación. El ternero murió a los pocos minutos y como él no podía cargar con un ternero de casi 200 kilos se quedó allí sentado en una piedra del río para impedir al tigre cobrar su presa. Contaba con un terror que encendía su mirada,  estar sentado esperando al tigre que no veía pero si podía oír en unos rugidos estremecedores. Pasó toda la noche con la fiera acechándolo, el ternero a sus pies y su vieja escopeta para cazar aves.

Pascual acabó la historia advirtiéndome que si el tigre te acecha y el nota que le tienes miedo te atacará. Se te abalanzará por detrás sin que puedas hacer nada.

Temerle era la perdición.

Mi experiencia viajando por el mundo me ha enseñado que normalmente la mayoría de animales peligrosos huyen del hombre y con razón. Aquí, en las selvas de Panamá, creo que tienen un poco exagerado y mitificado el jaguar, y la evidencia, aunque cuenten lo contrario, demuestra que hay poquísimos casos documentados de ataques a humanos.

Aquella noche me fui a dormir a mi hamaca, que por cierto, estaba solitaria y fuera de la pequeña cabaña, auto tranquilizándome con mis pensamientos racionales que se enfrentaban a los miedos que la oscuridad trae consigo.

Días después volví a dormir con un campesino en su casa-chabola.

A la luz del fuego hablamos de muchas cosas pero curiosamente nada del tigre y su misterio, y así nos fuimos a dormir, Emilio el guía, el campesino y yo, cada uno a su hamaca.

De repente ¡ssshhiiichhhh… pum! Un zambombazo que retumbó por toda la espesura. Del sobresalto me enredé en la mosquitera y casi caigo al suelo. Desconcertado escuché esta vez  mejor el zumbido de un cohete que salía disparado hacia el cielo y al segundo la explosión. No sabía que estaba pasando, no entendía como allí perdidos estaban ¡tirando petardos! Cual falleros descontrolados. Tras la explosión comenzó el chillar de numerosas aves, monos y demás bichos sobresaltados.  Era  nuestro campesino que había notado a sus reses nerviosas y extrañamente agrupadas, y se puso a tirar cohetes ensordecedores para ayuntar al jaguar que las pretendía. De repente sentí que todas aquellas fábulas que había escuchado durante los últimos días eran verdad. Que el acecho del “tigre” es una realidad con la que convivíamos y yo casi había despreciado por exagerada y mística.

Después del sobre salto tardé en conciliar el sueño. Me imaginaba atacado por un tigre hambriento con la única protección de la delgada tela de una mosquitera. Al final el cansancio pudo conmigo e incluso me alegré de que existiera aún ese fantástico animal amenazado, era una muestra de que el terreno que estaba atravesando aún se conservaba original, con todas sus especies.

Pasaron los días, alcancé el Caribe después de seguir el Camino Real y tras algunos preparativos volví con la segunda parte de la aventura, recorrer el Camino de Cruces, que tiene una parte fluvial por el río Chagres y el Canal de Panamá. Iba a entrar en los dominios de otro animal igual de fascinante y aún más peligroso.

En solitario, avanzando únicamente a golpe remo, hice una travesía de varios días por le Caribe para llegar a la desembocara del Chagres donde se encuentra la fantástica fortaleza de San Lorenzo. Desde allí remonté el río, pasé la presa de Gatún, y entre en el lago que hace el canal de Panamá remando en un pequeño cayuco de poco más de 10 pies.

Como el recorrido era de muchos kilómetros tenía que parar en las orillas, montar la hamaca y dormir en las pequeñas y escasas playas que suelen ser los lugares preferidos de los caimanes.

La primera noche llegué tan fatigado y dolorido de luchar contra el viento que caí rendido en la hamaca. Con las primeras luces me levanté y mi primera sorpresa fue encontrar junto al cayuco, apenas a un par de metros, dos cocodrilos enormes comiéndose los restos de un cadáver. Me quedé allí inmóvil unos segundos viendo el espectáculo alucinado. Era como esos documentales de animales filmados con un teleobjetivo pero totalmente real, podía oír las dentelladas y sentir la mirada de asombro cuando se percataron de mi presencia a unos diez metros de ellos.

En una décima de segundo, paró su actividad y se quedaron inmóviles observándome. Yo, en calzoncillos y con una camiseta naranja, me quedé igualmente estático. Por mi fuero interno maldecía no tener la cámara en mis manos, estaba detrás de mi, junto a la hamaca. Y sabía que si me movía aquel momento desaparecería en un instante.

Días atrás, cuando empecé a contar a la gente lo que pretendía hacer con el cayuco: navegar por el mar, luego el Chagres y el Canal, en solitario y durmiendo en las orillas, todo el mundo me había advertido de los “lagartos” que abundaban, especialmente por done iba a pasar. Yo les escuchaba con interés pero sin darles un crédito total. Panamá no tiene el cocodrilo australiano, el mas grande del mundo, ni siquiera el africano. Técnicamente hay caimanes de cierta envergadura, pero sin ser realmente peligrosos. Había escuchado historias de ataques a humanos, miembros amputados y cosas así. Siempre creí que eran exageraciones. Todo cambió de súbito al estar frente a aquellos bichos enormes. Les calculé más de dos metros y medio de largo, quizá tres. El cayuco estaba justo al lado, me servía de referencia. La boca que mostraban bien podía tragarse mi brazo entero.

Y allí estaba yo inmóvil, igual que ellos, todos quietos, esperando que alguno hiciera algo y se resolviese la situación. En un súbito latigazo de sus colas, haciéndolo de forma sincronizada, los dos se retorcieron y sumergieron rápidamente en la orilla. Por un momento pensé en ir a por la cámara, prepararme bien y esperar a que volviesen. El cadáver seguía allí y seguro que iban a continuar con su desayuno. Pero rápidamente me vino la idea de una maraña de cocodrilos en un frenesí carroñero comiéndose y peleándose junto al cayuco. Lo que me haría más que complicado salir de allí. A ver quien es el valiente que se atreve a arrastrar el cayuco entre las colas y patas de varios cocodrilos entregados a la orgía de su alimentación. Además yo debía que continuar, tenía la otra mitad del Canal de Panamá por delante. Decidí recoger y largarme de allí antes de que regresasen los “lagartos”.

En pocos minutos, con el cadáver aún allí (un cuatí me pareció), cargué el cayuco con la mochila y me preparé para sacarlo. Entonces advertí que justo por donde tenía que pasar andando, con el agua por los tobillos arrastrando el bote, era donde se habían sumergido los dos bichos. Me los imagine allí esperando, observándome. ¿Qué pasaba entonces si los pisaba? ¿Saltarían sobre mi? ¿Me confundirían con el almuerzo que les esperaba? Solo pude agarrar el bote con una mano para tirar de él y con la otra el recio remo de caoba. Mi única arma defensiva.

Chapoteé fuerte, hice ruido y brusquedades para asustarles y en cuanto “Arráncame la vida” (mi cayuco se llamaba así) se quedó flotando sin tocar el fondo, de un salto subí y con tres paladas fuertes puse pies en polvorosa.

Sabia que los había tenido muy cerca, los pude sentir tendidos esperando. Y les agradezco que no me eligieran a mi o que se les ocurriera cualquier otra cosa. Allí se quedaron con su festín.

Es llamativo que engrandezcan al jaguar llamándolo “tigre” y empequeñezcan al caimán al llamarlo “lagarto”.  Curiosidades de esta tierra.