London go and return

¿Quizá se podría haber hecho de otra forma? Quizá… Yo no encontré nada mejor.

Mis intentos por internet fueron infructuosos, no tenía pasaporte británico, y no me ha quedado más remedio que tomar un avión a las seis de la mañana, presentarme personalmente en la misma oficina donde hace años cambié mi carnet de conducir por un inglés. El británico lo había perdido hacía uno días no había forma de renovarlo desde España.

A las 12 de la mañana, hora local, ya tenía resuelto el problemilla. Y me enviarán otro nuevo a mi ficticio domicilio aquí en Londres. La casa de unos amigos de una amiga, a los que no conozco ni jamás he pisado su casa.

En tres semanas recibiré mi flamante carnet y podré permutarlo por el español. Algo que no podía hacer si no entregaba el ingles que no tenía, pero que ahora si tendré.

Está siendo un viaje fugaz, cansado y divertido. Mientras me acercaba en el metro al barrio de Wimbledon pensaba que si no lo podía resolver por cualquier detalle, como necesitar cita previa o cosas así, me habría entrado un ataque de risa tonta al sentirme tan imbécil por presentarme en Londres y volver con las manos vacías. Ahora espero mi transporte al aeropuerto, mi vuelo de vuelta sale a media tarde y estaré para cenar en casa. Hoy voy a batir mi record personal de viajes relámpago: en poco más de 10 horas, de puerta a puerta, Madrid-Londres-Madrid, go and return en el día.

Mientras pienso en todo esto observo a la gente en su frenético ir y venir por el hall de la estación. Y no puedo dejar de imaginar este mismo entorno en la época victoriana. Londres tiene muchos rincones que me producen esa sensación. Encima de mi toda una cubierta de hierro forjado con remaches uniendo las piezas al estilo de aquella época. Con sus delgadas columnas en un espacio distribuido para albergar gentes y trenes humeantes, flanqueados por paredes de ladrillo rojo de donde cuelgan viejos relojes repintados y que sorprendentemente dan la hora con precisión. Todo me transporta a ese momento de la post revolución industrial y de mayor gloria del imperio británico.

Si se eliminan los paneles luminosos, las cafeterías franquicias clónicas y se cambian las vestimentas de los viajeros, la transformación es total. Mi subconsciente es incluso capaz de modificar la machacona y repetitiva megafonía que avisa de los trenes por un rústico y exótico –“¡Travelers on train!” mezclado con los silbidos del alguacil de estación.

Es verdad que ahora hay mucha más variedad étnica en los cientos de viajeros que han pasado delante de mi, pero como hace un frío helador, incluso para ser Londres, todo el mundo va muy abrigado y apenas se les ve sus rasgos.

Bueno, mi momento retroactivo hacía la época victoriana se acaba. Tengo que ir a por al moderno autobús que me llevará a un aeropuerto donde es imposible imaginarse en otra época. Aunque pensándolo bien, quizá este viaje forma parte del futuro, porque ir y venir a Londres en el día es casi de ciencia ficción. Sobre todo para un viajero como yo. Al que le gusta observar , aprender y empaparse de los lugares y sus gentes lentamente.