Unas horas con RENFE

Titulo este escrito “horas…”, en plural, porque lo que debería haber sido un periplo de no más de hora y media, se convirtió en una increíble experiencia de casi cinco.

Tengo que reconocer que llegué un poco justo al tren de las 13:10, pero lo suficientemente pronto, creí yo, como para conseguir un billete. Suponer esto fue mi primer error.

Entré en el recinto de venta de larga y media distancia a las 13:04. Pregunto en el primer mostrador que encuentro por -“venta inmediata”- y un anodino dispensador, de mirada hastía, me responde que saque número. Salgo disparado con mi bolsa al hombro a por el número pero al acercarme al aparato tengo delante a un grupo de disciplinados turistas asiáticos sacando el respectivo número sin entender ni jota del escueto mensaje que en la lengua de cervantes les aparece en la pantalla. Esos segundos de indecisión con los japo fueron cruciales. Como anfitrión educado les expliqué pacientemente a descifrar lo que la maquina les decía, lo que supuso mi segundo y fatal error. Si me hubiera lanzado como vulgar latino a por el numerito, avasallando su disciplina milenaria, posiblemente todo esto que escribo aquí no existiría.

Obtuve finalmente el número B264 a las 13:05, como certifica la impresión y cuando levanto la mirada para ver por que número discurría la broma, mi rabia fue máxima al ver el B196. Nada más y nada menos que 68 personas delante de mi preguntando por un billete y respondidas por los mismos anodinos y aburridos dispensadores. ¡ Imposible ¡

Salgo disparado al primer puesto suplicando que pierdo el tren y me dicen que en el 1 dispensan de inmediato. Cuando llego sofocado a por un billete en el de las 13:10 otra anodina dispensadora, de mirada igualmente vacía y con cara de estar pensando en el aburrimiento de trabajo que tiene, dios los cría y dios los junta, me dice que es imposible vender nada. Demasiado tarde. Yo insisto, pero su gesto es igual de vacío, soso e impasible. Le reprocho que llevo por allí esos minutos preciosos que ella demanda, pero que la falta de información y su pasividad ha hecho imposible satisfacer mi necesidad. Nada de nada… Algo tengo que hacer si no me quiero quedar en tierra. A si que, sin pensarlo dos veces, salgo corriendo sin billete hacia la puerta de acceso a los andenes. A la vieja usanza pretendo subirme y pagar religiosamente al revisor. ¡ Iluso de mi ! Eso son técnicas de otra época, ahora sin billete con banda magnética o en perfecto esto de revista no llegas ni a cien metros del andén. Es otra controladora con la misma cara de “apasionarle” su trabajo la que impide el paso.

Resignado, con las pulsaciones aún disparadas por la carrera, me vuelvo lentamente y cabizbajo a los cafquianos mostradores de antes. El de las 13:10 se ha ido y me toca esperar a que aparezca el numero de mi ticket, B246, en los mostradores y pueda ser admitido en un tren.

El siguiente sale hora y media más tarde, y me me toca llamar para dar explicaciones a la cadena de acontecimientos y reuniones que se trastocan por el retraso.

A las 13:35 llega mi turno. ¡30 minutos después de obtener el numerito! Si el tren presume de ser un servicio ágil y rápido en sus preámbulos con el avión. Sin duda que los de Renfe no lo son. Esa idea de llegar, comprar y subirse no es tan real. Se tarda media hora en obtener un billete esperando frente a unos mostradores que nunca funcionan al 100%

Una vez con mi cartoncito mágico obtenido, sabiendo que tenía una hora de relajación y reorganización de mi agenda, me fui directo a “atención al cliente” a poner una reclamación. Mientras escribía mis alegaciones otra anodina, la encargada de recepcionar el papeleo, me informa de que se puede vender un billete con apenas unos minutos de antelación, que no entiende porque no me lo han dado. ¡ Diablos con Renfe !

Después de plasmar los hechos y sabiendo en el fondo que aquello no iba a servir de nada me dirigí a esperar pacientemente mi nuevo tren. Ahora con todas las citas reorganizadas y las explicaciones dadas.

Leí el periódico agradeciendo a la desdicha por darme un tiempo extra. Pero con forme avanzaban los minutos me di cuenta de que la hora de salida de ese nuevo tren se acercaba y no lo anunciaban por ningún sitio. Todo aquello olía mal. La gente a mi alrededor, compañeros del mosqueo, estaban empezando a impacientarse y comenzaban los nerviosismos ante la única persona con traje corporativo que teníamos delante. Seguramente la pobre chica no tenía culpa, pero ahí la habían puesto, y le iba a tocar aguantar el chaparrón.

Como si fuera un guión preparado a conciencia mi nuevo tren saldría con retraso. Una hora de regalo de Renfe para sus sufridos viajeros. No me lo podía creer. Todas las citas que había cambiado hacía un rato, tenían que ser de nuevo modificadas. Otra vez a llamar y dar explicaciones. Las varias reuniones de la tarde iban a ser imposibles de celebrar. Vaya imagen que estaba dando…

Me relajé, no podía hacer nada y empecé a pensar en este escrito, se lo merecía.

Además se producía un hecho aún más rocambolesco. En la espera iban saliendo trenes en la dirección que me valían. Aunque con destinos finales diferentes, todos me eran útiles, ya que mi parada estaba a medio camino y cualquiera de ellos me hubiera servido. Pero como mi billete era el que era, no me dejaban subirme a otro tren que no fuera para el que había comprado mi asiento.

Ya solo me quedaba empezar a escribir esto y resignarme.

Finalmente, dos horas y media después de mi primer intento, subí definitivamente al vagón de un tren casi vacío y de sustitución por el averiado.

Cual fue mi sorpresa cuando al hablar con el revisor y explicarle mis desdichas, el amable hombre que ya peinaba muchas canas y tenía pinta de haber despachado a muchos viajeros desde los tiempos en que todo se hacía humanamente y sin tantos sistemas, me dijo que si me hubiera subido a ese primer tren el me habría vendido un billete en marcha, a la vieja usanza.

Quizá sin tantos sistemas que nos superan, o mejor dicho: en otra época con más trato humano, no habría tenido que escribir esta pequeña aventura.