Donde bebe la oveja

Dónde bebe la oveja…

Pedriza del Manzanares. Un día de sol anormalmente caluroso para ser mediados de Abril. Subo por la senda Maeso y voy solo, a intentar las fisuras del risco de las Bellotas. Después de pasar un apacible prado con unas vistas magníficas, la cuesta se empina de nuevo y es aquí donde más aprieta el calor. Se que hay una fuente más arriba y sudoroso y sediento estoy deseando llegar a ese caño en el que voy pensando desde hace un buen rato.

El reguero de agua que viene bajando acompaña mi subida por la misma senda y me hace la fuente aún más cercana. ¡Por fin he llegado.! Venía a buen ritmo y tengo la camiseta totalmente empapada en sudor. Me quito la mochila tranquilamente, sabiendo que mi parada allí será relajada. Y empiezo a disfrutar los minutos que tengo por delante.

Saco mi botella, me acerco al caño que tintinea al dejar el rico elemento caer contra las piedras, y sin prisa, voy bebiendo un agua mágica, de temperatura perfecta, ni demasiado fría ni caliente. Lo justo para refrescar y no acatarrar. Tiene un sabor denso, granítico, transparente. En fin, una delicia.

Cuando aún estoy en los primeros sorbos. Aparecen unos tipos sudorosos, camino abajo. Vienen de alguna carrera de  montaña por las pintas y las prisas. Llegan con celeridad, llenan sus minúsculas botellas que traían adosadas a la cintura y comentan lo bien colocada que esta la fuente en el trayecto. Yo les bromeo diciendo que él de la nevera tiene el punto cogido a la temperatura… Perfecta.

Entre risas y sin dejar sus prisas. Beben, se mojan la cabeza y salen corriendo senda abajo. Tienen, supongo, un reto contra el crono. Les veo alejarse sin darme ninguna envidia, y continuo con mi ritual de pequeños sorbos en combinación con las vistas.

El sol sigue justiciero, pero este agua maravillosa lo mitiga y pienso que ya me queda poco para mi risco. Como no se si habrá agua donde voy. Lleno mi litro y medio y me vuelvo a preparar para salir.

En todo esto aparecen tres personas. Vienen cuesta arriba. Jadeando, sudorosos. Un tipo les guía, cuarenta y cinco años, delgado, empapado en sudor y vestido de arriba abajo de Coronel Tapioca. Detrás dos mujeres, de su misma edad. Que vienen echando el bazo. Sus jadeos y quejas se venían oyendo desde hacía rato.

Se ponen a mi lado, con la fuente, sonora y brillante delante y el tipo se acerca al caño. No me dice ni hola, coge un poco de agua en la palma de la mano y se la acerca a al nariz. Mientras las mujeres, una de ellas entrada en kilos, y ambas con cara de engañadas por haber subido hasta allí, observan sudorosas con los ojos casi fuera de las órbitas y pensando en la de  litros que se va a beber.

-No huele bien. (dice con tono catedrático el tipo)

-Este agua no se puede beber.  Vamos, seguimos. 

Yo pienso en el litro que me acabo de trasegar. Y pienso dentro de mi – ¡ Si está cojonuda ! -.

El tipo sigue para arriba seguido de las dos mujeres que casi no se pueden creer lo que ha pasado y yo me quedo allí pensando lo ridículo del mundo moderno.

-Pero que pensaba que salía Vichí Catalán. O que los de Solán de Cabras habían puesto un surtidor allí arriba.

Seguro que este agua es incluso mejor.

La tipa, la entrada en kilos, unos metros más arriba aún pudo mirar de reojo hacía abajo y con tristeza despedirse de su magnífico caño que ni siquiera a podido oler…

Donde hemos llegado. Estamos a más de 1500 metros de altitud. En un paraje natural. El agua que sale por ese caño es lo más natural que se puede beber en kilómetros a la redonda y el tipo “Coronel Tapioca” la desprecia. Ridículo. El hombre moderno, ya no puede beber ni del campo, no sea que le entre colitis.

Ese tipo, beberá el agua del grifo en Madrid  y se tragará todo el cloro y la mierda de polución allí abajo, pero se sentirá seguro. El mundo moderno le acoge y protege.

Yo salgo mi camino arriba. Tan contento con mi cantimplora llena. Y me acuerdo de aquel refrán que me contó un pastor hace ya mucho tiempo.

-Donde bebe la oveja, mete la ceja…