El tren del pasado

Poniendo una pica en Flandes

“Poner una pica en Flandes” es una expresión arraigada del léxico español que viene a significar alcanzar algo tras una dificultad rayana en lo imposible. Su origen se remonta a la guerra que España mantuvo en los Países Bajos y que obligó a desplazar a sus famosos Tercios por un largo corredor que unía el norte de Italia con lo que hoy es Bélgica y Holanda. Recorrer esa ruta erizada de obstáculos geográficos, atravesando los Alpes y rodeados de enemigos poderosos fue un hito logístico y humano. Alcanzar finalmente Flandes todo un milagro; de ahí la expresión.

Hoy, nuestros militares han llegado igualmente a la moderna Bélgica caminando la misma ruta, y se han vestido como la época para recuperar las hazañas de aquellos soldados ante los sorprendidos transeúntes locales, que entre curiosidad y risas han descubierto quienes fueron esos temidos Tercios y el camino que les llevó hasta allí. Son los primeros pasos para que aquel viejo Camino Español de hace cuatro siglos mire al nuevo milenio con un futuro esperanzador.

El camino original comenzó a recorrerse en el verano de 1567; meses atrás había superado todas las reticencias de Felipe II, y no es de extrañar que las tuviera: más de mil kilómetros atravesando el continente por un trazado casi imposible, no solo por los obstáculos naturales a superar sino por las inestables alianzas que exigía con reinos a veces neutrales otras veces enemigos. De ahí que la ruta inicial que capitaneó el Duque de Alba se tuviera que modificar a lo largo de los años a razón de los acuerdos y la diplomacia cambiante.

Este año, los modernos Tercios, han recorrido parcialmente aquel camino. El grupo lo formó treinta militares en un compendio de diferentes cuerpos del ejército de tierra, desde cadetes de la Academia General, los más numerosos, pasando por artilleros, paracaidistas, antiaéreos, logística, etc. Al que se sumaron un pequeño número de civiles, dos de ellos invidentes.

. La idea surgió de la Asociación Amigos del Camino Español, un grupo de entusiastas de la historia que lleva diez años promocionando y rescatando del olvido lo que fue y significó en su día aquella hazaña logística. Su presidente, el general retirado Cesar Muro, ha querido que este año, que cumple el 450 aniversario de aquella primera epopeya, se haga un esfuerzo especial trayendo prestados parte del vestuario de la película Alatriste para hacer representaciones históricas en lugares estratégicos de la ruta: Amberes, Namur y Empel.

Así, los militares se han convertido en personajes de época y han representado un papel recreando escenas del viejo imperio ante los paseantes que se giraban desconcertados al oír el retumbar de los tambores y ver con asombro la peculiar columna que les pasaba por delante. Por descontado ignoraban todo acerca de los Tercios y el dominio español de aquellas tierras, pero les resultaba divertido y exótico ver desfilar y realizar formaciones de combate a unos soldados que tras su representación se mezclaban con ellos para explicarles qué era un piquero y cómo se utilizaba la pica para detener una carga de caballería, o el imponente arcabuz y sus doce apóstoles. Tanto se metieron en sus personajes que incluso al que le tocó de fraile franciscano, el cabo primero Sánchez, se le acercaron más de una vez piadosos cristianos para preguntar por las misas locales o los horarios de confesión.

Pero el viaje no solo ha sido vestirse de época y representar a los imbatibles Tercios por Bélgica y Holanda, previamente se realizaron marchas diarias de 30 kilómetros siguiendo la ruta original que trazó el Duque de Alba. Él llevó más de 10.000 hombres con sus armas y artillería, seguido de un séquito de familiares, concubinas y buscavidas. Delante una avanzadilla de zapadores e ingenieros que fueron preparando puentes y ensanchando caminos de montaña para facilitar un tránsito rápido de la tropa. El duque recorrió los mil doscientos kilómetros en 56 días, sorprendiendo a los enemigos flamencos que nunca creyeron que un ejercito pudiera atravesar el continente por esa ruta. Aunque el récord de velocidad lo estableció el Maestre de Campo López de Figueroa que diez años más tarde puso a 5000 hombres en Flandes en tan solo treinta y dos días, a una media de casi cuarenta kilómetros por jornada y atravesando los Alpes en invierno. Una hazaña desconocida que supera con creces otros desplazamientos de tropas que la historia considera como extraordinarios.

“En los pueblos la gente se queda encantada, pero quizá se podía haber preparado mejor y estamos perdiendo un poco el potencial mediático que tiene todo esto… montamos un espectáculo allá donde vamos pero muchas autoridades se quejan de que no se les ha avisado con tiempo” me explica Javier del Hoyo, uno de los ciegos que camina asido a una barra llamada direccional, un invento de la Once utilizado en sus expediciones, con ese artilugio Javier, coronel retirado, ha subido hasta la cumbre del Kilimanjaro.

Las diez jornadas de marchas comienzan temprano y se nota su formación militar del grupo. Rápidamente salen de sus tiendas de campaña (el presupuesto solo da para campings y albergues) y tras un fugaz desayuno todos están listos para la caminata. Por delante treinta kilómetros a buen ritmo atravesando la bonita campiña francesa por la Alta Saboya, el Franco Condado y Lorena, lo que equivale a un tercio del camino original. Los pocos habitantes de los pueblos que encontramos se quedan asombrados al ver pasar al grupo. No tienen ni idea de lo que es el “Chemin Espagnol” pero están encantados de que algo diferente ocurra en su aburrido pueblo. Sobre todo en los pequeños comercios que son vaciados de existencias, acostumbrados como están a sus pocos clientes locales.

04102015-DSC04105El mando lo tiene el capitán Sergio Nuñez que se enfrenta a la difícil labor de descifrar cada día la ruta a seguir con la escasa información que se tiene. El trazado original de los Tercios es hoy en su mayoría carreteras y autopistas que unen las poblaciones principales y el objetivo es diseñar un camino por entornos naturales e históricos alejados lo más posible del asfalto para que se repita año tras año. “Nos mandaron unos waypoints principales, y se supone que alguien visitó los lugares antes, pero esto es un laberinto muy difícil de seguir” me explica el capitán.

La mayoría de las veces se camina por sendas marcadas que atraviesan frondosos bosques o ascienden colinas que se van haciendo cada vez más suaves con forme quedan atrás los Alpes. Otras veces cruzamos campos de cultivo y aparecemos entre las granjas tras saltar una alambrada con la complice mirada de las plácidas vacas que observaban con asombro esa comitiva extraña y sus banderas de la cruz de Borgoña. Sin duda aún queda mucho por hacer para tener una ruta definitiva.

“Es más divertido que la academia… estamos visitando muchos países y conociendo la historia” me comenta Piñero, uno de los jóvenes cadetes que se ha sumado a la repetir el camino de los Tercios. En su familia no hay tradición castrense, incluso tuvo la negativa de sus padres cuando les dijo que quería ser militar “Me atraía mucho los valores, el compañerismo de la milicia y a Zaragoza me fui”. Para él, como para los otros cadetes, esta siendo toda una aventura y se quedan embelesados cuando escuchan las “historias de mili” de los cabos y sargentos veteranos. Sobe todo cuando les hablan de las misiones en Afganistan, Libia, etc.

04102015-DSC04105No todos en el grupo están en la misma condición física. Y el grupo que comienza compacto se va separando lentamente con forme avanza la mañana. Los rezagados pueden seguir la pista de los primeros porque se va marcando con señales todo el camino. Son los cadetes los encargados de hacer las cruces con las plantillas que se han traído ex profeso. El ritmo es alto para acabar hacia medio día. Así se aprovecha la tarde para hacer visitas a los lugares relacionados con la ruta. Castillos y ciudades que sufrieron asedios y batallas y aún conservan restos de aquel poderío español.

Casi todos los militares me comentan que les hubiera gustado haber hecho más etapas caminando, los trescientos kilómetros en diez días se les han quedado escasos. Meses atrás se pensó en recorrer la ruta completamente pero eso requería de un logística y unos medios inalcanzables. Paralelamente a nuestro recorrido otro grupo amigo del Camino Español ha seguido la ruta por los Alpes, lo que significa tener dos tercios de la ruta caminada. Quizá el año que viene se pueda completar.

Los primeros pasos ya se han dado, ha requerido un esfuerzo que hubiera sido imposible sin el apoyo del ejercito. El objetivo es convertir este “Camino Español” en una ruta turística que se recorra asiduamente, una especie de camino de Santiago que atraviese Europa por el centro del continente, desde Italia, atravesando los Alpes, hasta la ciudad de Namur. Aún queda mucho por andar, el trazado esta sin definir completamente y se requiere de mucho trabajo para que las poblaciones de Italia, Suiza, Francia y Bélgica fomenten la ruta. Sin duda todos saldrán ganando y se recuperará una bonita parte de nuestra historia. Pero sobre todo, para los futuros caminantes que lo recorran, y consigan llegar a final, será un orgullo decir: “lo conseguimos, pusimos una pica en Flandes”.

Texto y Fotos Alberto M Flechoso