Gamalama

Gamalama

En esa hora calma, cuando se prepara en silencio el mundo para un nuevo día, cuando aún la oscuridad llena el pesado aire vespertino; me encontraba sentado en las escaleras de un hospedaje a las afueras de Ternate, isla perteneciente a la región de Maluku, en Indonesia. De la selva llegaban los primeros cánticos de extrañas aves alertando del incipiente amanecer. Y, entre rugidos del motor y sombras provocadas por los faros, llegó mi conductor. Venía a llevarme a la falda del volcán. Ese día iba a ascender el Gamalama.

Las islas Molucas surgieron del mar en conos volcánicos perfectos, como si la naturaleza los hubiera trazado con tiralíneas. No baten ningún récord de altitud, apenas llegan a los dos mil metros, pero si tenemos en cuenta que su escalada comienza muy abajo, que no tienen sendas como las que se entienden en cualquier montaña, y que el calor sofocante y húmedo del trópico no te deja respirar; su ascensión se convierte en un reto digno de afrontar.

En una curva del camino, entre dos casas apenas perceptibles en la oscuridad, esperaban mis guías. Dos muchachos de no más de dieciocho años, flacuchos y sentados en cuclillas con las rodillas flexionadas a la altura del pecho, esa postura tan natural por esta parte del mundo. Uno calzaba chanclas y el otro algún tipo de zapatillas copia “Made in China”. Los dos fumaban kretek, una mezcla de tabaco y clavo que desprende un olor amargo y floral muy apreciado por los indonesios.

Sin preámbulos, y adivinando los pasos con las linternas, empezamos a caminar. El ladrido de un perro sorprendido, un gallo trabajándose el amanecer, o alguna luz furtiva en una ventana era todo lo que podía apreciar mientras seguía a mis promesas de guías avanzando a toda velocidad y con una facilidad asombrosa. Atravesamos vallas y huertos, incluso por un momento estuvimos rodeados de lápidas, caminábamos por un cementerio. Son musulmanes y no tiene cruces ni inscripciones, tan solo rectángulos de cemento cubiertos de baldosas que con nuestras luces llenaban la oscuridad de destellos y misteriosas penumbras. Tampoco se veía el cielo, los árboles ocultaban la escasa luz que del amanecer intentaba llegar. Únicamente tenía claro que la pendiente del camino no cesaba e iba aumentando. Avanzábamos en línea recta directamente hacia arriba, y atrás fueron quedando las ultimas casas y los ruidos del despertar para entrar en un bosque que nos abrazaba con su oscuridad.

Según el sencillo altímetro de mi reloj habíamos comenzado la ascensión a unos doscientos metros sobre el nivel del mar y la cumbre estaba a más de mil setecientos metros. Es decir, mil quinientos metros del tirón. Un desnivel serio, que, al ritmo que llevábamos, me iba a hacer sufrir de lo lindo.

Sin hablar, empapado en sudor y resoplando, fui subiendo. Los guías parecían nerviosos por llegar a un primer punto establecido, unos lugares conocidos como las “cinco paradas” que, como indica el número, se repartían en cinco sitios estratégicamente elegidos para hacer los correspondientes descansos tradicionales.

Apenas uno de ellos conocía algunas palabras en inglés, y nuestras conversaciones eran tan básicas que no pude comprender que significaban esos descansos tan importantes para ellos, sobre todo una última en la que hacían más hincapié. Entre estas conversaciones, más por gestos que con palabras, continuamos mientras el amanecer empezaba a penetrar los arboles y pudimos apagar las linternas.

Aunque es un lugar selvático y húmedo, en la época seca del año en la que estábamos, no había agua en toda la ruta. Teníamos que portearla. Yo llevaba una pequeña mochila con tres litros de agua, ya sabía lo que era deshidratarse en las selvas de Centroamérica. Los dos guías tan solo dos botellas de menos de medio litro. Además, cargaba con una pequeña cámara de vídeo profesional (unos tres kilos), varias baterías extras, un pequeño trípode y la cámara de fotos. Mi intención era grabar imágenes desde la cumbre; por lo que me habían contado, desde arriba se vaía toda la isla de Ternate, la de Tidore, Makian y Halmahera.

El Gamalama es un volcán sagrado y lleno de misticismo para las gentes de Ternate. Por estas mismas pendientes que escalaba yo, suben al nuevo Sultán para celebrar su coronación. Una tradición anterior a las llegada de los marinos portugueses y españoles, los primeros europeos en llegar por aquí hace 500 años. El rito consiste en portear a hombros la silla real con el monarca hasta la cumbre. El grupo de porteadores elegidos y voluntarios, se van turnado en las trece famosas paradas. Todos van vestidos con trajes tradicionales y ascienden hasta el cono final para presentar a sus moradores al nuevo monarca y pedir las bendiciones. El último Sultán que subieron aquí falleció hace unos años y todavía no han elegido a una nuevo. Cuando lo tengan volverán a repetirlo, así manda la tradición.

Una costumbre que debe dejar exhaustos a los porteadores, al igual que a mis jóvenes guías que aproximadamente a las tres horas y a unos 800 metros de altura empezaron a flaquear. El ritmo endiablado que habían mantenido al principio decayó súbitamente y, jadeantes, me miraban pidiendo descanso. Yo les recriminé que si querían ser guías para turistas en esa montaña no podían llevar un ritmo tan fuerte al principio y luego pararse, que las montañas se suben a ritmo lento y constante. No se si me entendieron. Días más tarde me explicaron en el pueblo que la mayoría de los que lo intentan se quedan a medio camino, subestiman la escalada por la poca altitud. Cuando están más o menos cerca de 1000 metros, con el día ya avanzado y el calor machacando, desisten y se dan media vuelta. Después de haber pagado una escalada completa, claro.

04102015-DSC04105Estos guías pensaron que yo era de esos y apretaron fuerte al principio para que estallara a medio camino. Pero pincharon en hueso conmigo. No es que sea un superhombre, pero se lo que es subir montañas, llevo más tiempo escalándolas que los años que tenían mis jóvenes aprendices de pícaros.

Ante su mirada de resignación tiré para arriba y fueron entonces ellos lo que se pusieron a seguirme sin que les diera tiempo a terminar sus olorosos cigarros. Era fácil no salirse del camino porque no existía, tan salo ir pendiente arriba entre arboles y ramas sin ninguna vista hacia los lados. Poco a poco fuimos avanzando, notando la temperatura que se iba haciendo más fresca y haciendo las paradas reglamentarias hasta que de repente el terreno se hizo llano, los grandes arboles desaparecieron y pudimos contemplar la cumbre del volcán. Había llegado con uno solo de los guías a un anillo volcánico antiguo que da pie a los últimos cien metros de escalada. Por delante, y tras un cañaveral, se veía el cono final soltando humo en un fondo de cielo azul. Allí estaba también la ultima estación, la famosa número cinco.

Me habían advertido que el volcán se cubre rápidamente con nubes de evolución con forme avanza la mañana y la muchas veces los sufridos escaladores que han llegado hasta la cumbre la encontraban tapada. Yo la tenía allí delante totalmente despejada y no dudé en seguir dejando atrás a mis dos jóvenes guías. Pero fue dar los primeros pasos cuando el guía me gritó algo ininteligible y me hizo claras señas de que esperara. Yo no entendía nada, ¿por qué no me dejaba seguir? ¿si él estaba tan asfixiado que se quedara?. Ante mi insistencia por continuar llegó incluso a agarrarme del brazo para que me quedara quieto mirándome con ojos de pavor. Como si estuviera haciendo algo terrible. ¿Qué ocurría?. Rápidamente lo entendería. Apenas se recuperó de su jadeos se puso a cantar una letanía, unos rezos en árabe antiguo . Era un cantó de ofrenda, un permiso a los espíritus de la cumbre. Estaba ante su montaña sagrada y la tradición contempla que, en esa última parada, hay que hacer esos rezos para que sus moradores te dejen pasar y te protejan hasta la cumbre. Sin ellos el rugido de la montaña podía desatarse, como ocurrió hace un par de años al entrar en erupción súbitamente y llevarse para siempre a nueve montañeros que por allí andaban.

04102015-DSC04105Ese ritual era el que me habían intentado explicar muchos metros más abajo y no había comprendido. Con una mano en la oreja y cantando versos en voz baja le pedía por mi, un hereje extranjero. Su voz profunda y misteriosa sonaba desde otros tiempos. Todo entró en un misticismo que se palpaba, retumbaba en la montaña.

Duró apenas unos minutos, cuanto terminó me dejó partir. Ya estaba protegido por sus moradores, podía llegar a la cumbre. Ellos no me siguieron, nunca lo hacen, ya sea por temor a sus seres ancestrales o por simple agotamiento. Para mi era la primera vez y sin pensarlo salí disparado viendo como se formaban las primeras nubes. Lo hice por donde nadie sube, por el centro. Evité las chimeneas que escupían un fino humo fétido y azúfrado. Tenía que tener cuidado de dejar esas bocas tenebrosas del lado de sotavento, sin llevar una máscara de gas sus vapores me habrían provocado rápidamente el desmayo y la muerte en pocos minutos. Pero aún así, evitando los humos, y pisando peñascos que se desmoronaban cuesta abajo, llegué a la cumbre.

Caminé un poco por la cresta del cráter, teniendo mucho cuidado donde pisaba. Un resbalón y me habría lanzado por un oscuro y enorme agujero directo al infierno. Me senté en una roca y contemplé. Desde arriba el espectáculo fue magnífico. Allá, muy abajo, quedaba la ruidosa ciudad, se podían distinguir los barcos fondeados en el puerto. En un giro de 360 grados se recorría todo el litoral circular de Ternate, y más lejos, en el horizonte, todas las demás islas del archipiélago. Bajo el pálido cielo el mar se mostraba liso en un azul intenso, rompiendo su planicie aparecían salpicados los otros volcanes que emergían del agua como si estuvieran elevándose en ese preciso momento. Y bullendo a su alrededor los arrecifes coralinos que con sus aguas turquesas y fondos arenosos daban colorido al conjunto. Todo tapizado por una vegetación compacta y verderescente* que cubría cualquier ápice de terreno seco que asomara del mar. Al otro lado, más allá de Halmahera, el Océano Pacífico, una inmensidad que no cesa hasta encontrar América. Allí estaba yo solo contemplando las islas Molucas que desde arriba se veían alcanzables y cercanas. Islas que fueron el objeto de deseo de los europeos que desde el otro lado del mundo vinieron a dominarlas por sus valoradas especias. Ahora todo aquello formaba parte del pasado, de unos sucesos llenos de pasiones, violencia, intercambio y conocimiento. En definitiva, de la historia de la humanidad.

Media hora estuve allí arriba, quizá más. Las nubes fueron cubriendo la cima y ya había gastado mi tiempo. Sus espíritus me habían dejado subir y no era cuestión de abusar. El Gamalama es una montaña viva, y en cualquier momento podría empezar a escupir peñascos enormes. Tocaba bajar y dejar el lugar a sus eternos moradores. Aquel día nadie más subiría.

Texto y Fotos Alberto M Flechoso