El tren del pasado

El tren del pasado

Primero desmontaron los viejos railes de acero, recios metales que soportaron toneladas de vivencias. Luego los lugareños encontraron uso a las traviesas: una cerca, un pequeño puente, o simplemente como leña. Después, sólo quedó el abandono y un trazado rectilíneo, una cicatriz en un mundo olvidado.

Esta es la historia de un viaje por una vía de tren desmantelada, la Santander Mediterráneo, que durante décadas fue el cordón de comunicación de algunas de la regiones más aisladas de España. Y desde su desaparición, hace treinta años, ha sido el final para muchos pueblos y comarcas.

Mi viaje comienza en Burgos y tiene como objetivo llegar caminando, sobre el trazado del tren, hasta el final de la vía en su extremo norte, allá en los montes Cántabros, por el famoso túnel de la Engaña. Más de cien kilómetros hechos paso a paso y en solitario.

Primera Parte.

Cesar era uno de los últimos habitantes de Peñahoradada. Vestía un mono verde lleno de manchas de grasa y tierra. Estaba arreglando un viejo tractor y me salió al paso cuando aparecí perdido entre las calles. - Apenas hay una docena de personas viviendo en el pueblo.- Me dijo - todas las casas están cerradas y sin vida.- Y cuando le pregunté por el tren replica – Claro que me acuerdo, he vivido toda la vida en esta casa, pegada a las vías, me he criado con el ruido de los trenes al pasar. –

Peñahoradada hace honor a su nombre, no más de treinta casas se agrupan en la hendidura natural que corta una cadena de cerros. Junto a las viviendas pasa la carretera y el antiguo ferrocarril. – Por aquí iban las últimas máquinas de vapor - me cuenta Cesar con nostalgia – El pueblo ya se estaba vaciando, pero cuando quitaron el tren… Se murió del todo.-

Me explicó que no hay bar, solo una peña y todos tienen llave. Cuando quieren tomar algo, van allí y dejan el valor de la consumición en un bote; se suelen juntar los domingos para la partida. Yo entré al pueblo buscando una fuente o algún bar para rellenar mi cantimplora. Desde Burgos este era el primero con pinta de abandonado que encontraba. Quería evitar los pueblos grandes y habitados, y entrar a los pequeños con pinta de abandono; algo que, en adelante, iba a ser del todo fácil.

Desde Peñahoradada la vía comienza un suave descenso que poco a poco va dejando atrás el páramo burgalés para adentrarse en un paisaje ondulante de pequeños campos de cereales y aldeas derruidas. A lo lejos, en el horizonte, siguiendo la vaguada serpenteante, divisaba las orondas montañas que encauzan el Ebro. No parecían estar lejos y desconocía la distancia al siguiente pueblo. Tan solo tenía que caminar, descansar cuando lo necesitase y disfrutar con lo que me encontrara. Mi propósito muy sencillo; seguir la vía del tren y llegar hasta donde quisiera. La única realidad del espacio los mojones que se conservaban indolentes y proclamaban los kilómetros que iba recorriendo. Solo la brisa peinando los árboles, mis pisadas, y los cantos de los pájaros eran los dueños del lugar.

A primera hora de la tarde llegué a Quintanaruz. Deambulé por las calles y vi alguna casa arreglada que resaltaba entre tanto abandono, seguramente utilizada los fines de semana. Caminar por un pueblo sin vida sobrecoge. En un banco con las letras de Caja de Ahorros del Círculo Católico me senté a observar el vacío y a disfrutar de su pequeño universo desconectado del mundo. Fue el ladrido de un perro lejano el que me devolvió a la realidad. Seguramente me había oído o quizá olfateado, sus avisos eran una señal, el pueblo tenía algún habitante.

Al salir, divisé a lo lejos una pareja de señores muy mayores. Cogían, a esa velocidad a la que condenan los años, las manzanas de varios árboles. Como estábamos demasiado separados para ni siguiera gritar, me saludaron con el brazo y estuvieron observándome durante un rato mientras me alejaba. Quizá acababa de conocer a los únicos habitantes del pueblo.

Todas las estaciones o apeaderos que estaba encontrado aparecían en un estado lamentable. La mayoría con el tejado hundido y la vegetación atrapándolas en un abrazo mortal. Esta vía, que presumía de ser una de las mayores obras de ingeniería del siglo veinte en nuestro país, que llego a tener más de cinco mil trabajadores en su construcción, con un largo de 366 kilómetros, se va deteriorando poco a poco y en unas décadas apenas quedará nada.

Llegue al pueblo de Lermilla, donde el tren traza una amplia curva y, aunque no vi a nadie, había señales de vida. Quizá estaban en los campos y dentro de sus casas. Bebí agua en la fuente y cogí algunas manzanas en un árbol a la salida. La mayoría estaban en el suelo y las que cogí servirían para mi cena. Unos kilómetros más adelante, sobre unas terrazas con hierba, extendí mi saco y pasé la noche observando las centelleantes estrellas del cielo.

Normalmente cuando uno duerme al raso siente vida en la oscuridad que le rodea.: ruidos, un búho, alguna presencia animal, algo. Esa primera noche no me percaté de nada. ¿Tan abandonados están estos campos que ya no tienen siquiera esa fauna furtiva? A la mañana siguiente, con energías renovadas y espabilado por el fresco rocío vespertino continué mi viaje. Hasta allí caminaba sobre una monótona pista, parte de la futura vía verde que se completará algún día. Para Tomas Ruiz, un bloguero con profundo conocimiento de la Santander Mediterráneo, las llamadas vías verdes, ni son vías, porque no tienen raíles, ni verdes por la polvareda que levantan. En esto último le doy toda la razón. Al menos me alegraba pensar que mas adelante la uniforme superficie se volvería más irregular y pasaría a ser un camino rural.

El siguiente pueblo fue Arconada de Bureba. Tipología: la misma. Una veintena de casas, algunas arregladas para los fines de semana, y el resto cayéndose. En un huerto encontré una pareja de ancianos recogiendo las vainas de las judías. Su cara de asombro pasó a cordialidad cuando les empecé a preguntar por el ferrocarril. Josefina, se llamaba ella, me explicó que los últimos años iba vacío. - Cuando era joven lo usaba con frecuencia, iba mucho a Burgos, pero luego la gente empezó a tener coche y dejó de ser útil.- - Solo vivimos seis en el pueblo, cuando nos muramos nosotros, todo esto se pierde - contaba Andrés, su marido, con un gran manojo de judías en las manos.

Estos pueblos ya estaban en proceso de abandono desde la década de los sesenta, y el ferrocarril fue otra consecuencia de ello. La muerte les iba a llegar con tren o sin él.

Al despedirme les pregunté si el lugar tenía algo que ver con aquel portero de la Real Sociedad y la Selección Española. Riéndose me dijeron que no, solo una coincidencia del apellido Arconada. Seguro que no fui el primero que lo preguntaba.

Llegué a Lences, más de lo mismo, quince habitantes y el tren de los recuerdos para los viejos que desaparecen con su entorno. Allí aparecieron los camiones transportando los materiales para hacer la vía verde y unos kilómetros más delante sobrepasé la máquina de vanguardia que alisaba el terreno. Más allá una incógnita. Desconocía lo que iba a encontrar. ¿Podría pasar?. A partir de ese punto comenzaba una pequeña aventura.

Pasé de largo Poza de la Sal, el pueblo de Felix Rodríguez de la Fuente, que se quedó a la izquierda en una ladera con grandes roquedales en las cumbres. Seguramente fue en esas peñas donde comenzó su pasión por la rapaces y la cetrería.

La vía se había transformado en una pista rural, con huellas de tractores y un penacho de hierva en el centro. Curiosamente, el único lugar donde quedaban railes eran los cruces a nivel con alguna carretera local. Abrazados por el asfalto aún asomaban incomodando el paso de los coches. En la siguiente capa de asfalto que arregle la carretera desaparecerán.

04102015-DSC04105Sal de Bureba es un pueblo en un cruce de carreteras y tiene más vida que todos los anteriores que estaba conociendo. No tuvo estación pero como llevaba día y medio a dieta de manzanas, peras y algún madroño furtivo, decidí que me merecía una buena comida para poder seguir mi viaje.

En el cruce hay tres bares, entré en el primero según llegaba. Dentro no había más de diez personas a chillido limpio; con la televisión a todo volumen y en un barullo ensordecedor. No creo que fuera mucho mayor que el de cualquier bar español, pero después de varios días oyendo solo mi caminar y el viento, todo ese ruido me aturdía. La camarera, cocinera y mujer del dueño, me respondió extrañada que nunca había visto a nadie llegar andando por la vía del tren. Era delgaducha, sonriente y no sabía nada del pasado del pueblo.

Al rato entraron dos gruesos hombres que, por su forma de saludar al camarero, conocían el lugar; una buena señal. Al verme perdido entre mis platos me lanzaron el poco gastronómico – Qué aproveche -. Eran de buen comer, como esta tierra. Yo no pude terminar los garbanzos con berza y el estofado, los platos eran enormes, ellos los devoraron, se bebieron todo el vino y pidieron más de todo.

Con la barriga llena y el vino actuando por mis neuronas me levanté para continuar mi viaje. Pensaba tumbarme bajo un grueso árbol y soñar con vías abandonadas y caminantes nostálgicos. Pero cuando salí a la calle las primeras gotas empezaban a caer del cielo y, antes siquiera de alcanzar las vías, esa ligera lluvia se había convertido en un aguacero considerable. Solo pude caminar.

Al final de la tarde llegué a Terminón, que compartía estación con Castellanos. Bueno, lo que quedaba de ella. En el pueblo encontré a Fernando, el alcalde y dueño del hospedaje. Estaba encantado de que llegara un forastero. No paró de contarme historias y de promocionar el lugar. Me llevó a ver lo que el definía como - Un elefante tallado en la roca – Con forme a sus explicaciones era el tallado rupestre más impresionante del mundo. Defendía orgulloso que los primitivos habitantes de la zona habían labrado a base de pedradas un enorme elefante de cinco o seis metros de alto por unos diez de largo. Según él los arqueólogos no se ponían de acuerdo. La mayoría lo explican como un capricho de la erosión, los menos, o muy pocos creo yo, como una manipulación humana. Si lo fuera, estaríamos ante una obra neolítica única. ¿Mi opinión? Demasiado bueno para que sea cierto. Ahí queda.

Más real me resultó el pasado romano del lugar. Por allí pasaba una calzada y aún quedan restos de dos torres reutilizadas en la edad media. Flanqueaban el paso al valle de Calderechas. Un lugar ancestral que las centurias ya definieron como inaccesible por sus “selvas” y “salvajes habitantes”. Parece ser que por allí arriba aún quedan símbolos Cántabros en algunas casas. Símbolos de épocas anteriores a casi todo.

El alcalde me explicó, bajando la voz y en un tono de misterio, que bajo las antiguas vías del tren hay un cementerio cisterciense. Al mover el terreno para hacer el trazado aparecieron unos extraños cuerpos enterrados de cuclillas. Fue tal el susto que se llevaron que echaron tierra encima y ahí siguen. Yo me quedé pensando: algo bueno ocurrió cuando dejaron de pasar los trenes y los pobres monjes no sintieron más el traqueteo sobre las vías, ya no se les perturbaría su sueño eterno.

02102015-DSC03870Volviendo a su hostal rural me contó la vida que tenía el pueblo cuando pasaba le tren. Como salía muy temprano a Burgos la gente bajaba la tarde anterior en carretas desde los valles altos y pernoctaba en los varios bares y posadas que había. Se organizaban veladas al calor de la chimeneas, donde se contaban historias de cosechas, de ganado, de cacerías, etc; el universo que existía para aquellas humildes gentes. Todo se hacía pausadamente, entonces se vivía a otra velocidad, las prisas se medían de otro modo. Por la tarde, antes del anochecer, volvía a pasar de nuevo el tren y los chavales se subían a los puentes para ver pasar la máquina que apodaban ¨La Bocanegra¨, por el humo que desprendía y delataba de lejos.

Fernando es un alcalde grueso y bonachón. Sonriendo me mostró su bicicleta. – Me la compré cuando anunciaron el proyecto de la vía verde. Han pasado casi diez años y aún no la he usado - se reía. Yo le expliqué que el camino arreglado llegaba hasta unos kilómetros antes de su pueblo, pero que estos últimos habían sido un suplicio de vegetación y grava. Me miró sorprendido y dijo: – Al final parece que voy a tener que usar la bici; al vía va a ser verdad. Lo que pasa es que me va a pillar mayor…-

En mi tercer día de marcha, desde temprano, una observación curiosa me ocupaba los pensamientos. Todo el trayecto recorrido por la vía verde había estado sorprendentemente escaso de fauna. Apenas alguna perdiz y los pájaros. Pero en cuanto desapareció el trazado renovado, la pista polvorienta y monótona que tanto denuesta el bloguero Tomás Ruíz, y había vuelto a caminar por la vieja vía de grava, aparecieron los animales del campo. Perdices, águilas, conejos, un zorro, huellas de jabalíes nocturnos, etc. ¿Será que les espantaba eso de la vía verde tan asépticamente trazada y preparada para la comodidad del ciclista?

Con estas reflexiones dejé Terminón en una mañana preciosa para caminar. Los bajos rayos del sol se filtraban por entre los arbustos, aún goteantes de rocío, y llenaban de brillos y reflejos las sombras. Un aroma mezcla de húmeda vegetación, aire puro, olor a ganado y fermentación de las orillas del río me llenaba de energía. Con las fuerzas renovadas encontraba un mundo delante de mí listo para descubrirse y la vieja vía del tren no era sino la alfombra que me iba a llevar, paso a paso, hacia todo lo que vendría después. En frente podía ver el final del valle y las montañas por donde me adentraría.

Mi avanzar era alegre y enérgico hasta que tras una curva desapareció cualquier rastro del paso y la vía se convirtió en una selva de zarzas impenetrable. Un machete de selva no habría venido mal. Apartando cada rama de espinos mi avance se hizo más lento, incluso alguna vez tuve que escapar a las sendas que de vez en cuando aparecían lateralmente. Pero eso sólo cuando las había, porque pasé la mayor parte de la mañana enredado entre espinas y matojos, preguntándome si aquello iba a ser todo así en adelante. La proximidad del Cantábrico y los ríos más caudalosos se empezaban a notar en la humedad, el cambio en la vegetación era una prueba de ello.

Poco a poco, usando todo mi instinto en buscar alternativas llegue a las proximidades de Oña y la vía se convirtió de nuevo en caminos rurales transitados. La antigua estación es hoy gimnasio y centro de actividades culturales, una solución a los edificios ferroviarios que encontraba por primera vez desde que salí de Burgos. Bajo la curiosa mirada de los que pedaleaban esforzados en sus bicicletas estáticas dejé el pueblo en el margen derecho, y me adentré por el desfiladero del Oca. Este bravo río ha formado durante millones de años la cortadura caliza que se retuerce por una garganta de cientos de metros de altura y varias decenas de ancho. Aquí la vía se va sucediendo en una suerte de túneles, desmontes y puentes colosales. Los ingenieros de la Anglo Spanish Construction Co. tuvieron que aplicarse de lo lindo para superarlo. Las obras comenzaron en 1925 y en apenas ocho años tuvieron toda la vía proyectada concluida, todo un logro. Curiosidades del destino hacían que, casi cien años después, todo ese alarde técnico solo servía para que un caminante solitario como yo lo fuera descubriendo.

03102015-DSC03987El desfiladero es tan estrecho que no cabe ningún tipo de camino o senda lateral y mi marcha la hacía sobre el balasto grisáceo típico de los trazados ferroviarios. Cada paso era incómodo e irregular, tenía que adaptarse a la forma imperfecta de los guijarros que además se movían bajo el píe. Desde que había decidido hacer este viaje sabía que tarde o temprano me encontraría la grava. Ahora me estaba enfrentado a ella y aunque me obligaba a concentrarme, y los pies me lo recordaban insistentemente, el entorno compensaba cualquier dolor. Mirando hacia arriba unas soberbias paredes de roca caliza, con sus tonalidades grisáceas, pardas y anaranjadas, cortaban el cielo y dejan un pequeño hueco azul para que las rapaces volaran oteando el mundo. El eco repetía cada pisada y, como en todo el viaje, no vi ni un alma.

A la salida de un largo túnel en curva, de casi un kilómetro, dejé atrás el río Oca y aparecí en el gran Ebro. El rumor de su caudal se hacía notar acentuado por los farallones que lo acorralan. Sus aguas vienen desde el pantano de Reinosa, un agua que luego reclamarán como suya los riojanos primero, los maños después y los catalanes finalmente. El desfiladero no debe tener más de diez kilómetros de largo sumando la unión de los dos ríos, y todo el trayecto lo hice caminando sobre le balasto. A excepción de los puentes donde desaparece y aún se conservan las traviesas y railes originales. El ultimo que encontré es una maravilla de la ingeniería de principios de siglo. Debe tener unos setenta o ochenta metros de largo y pasa por encima del Ebro y la carretera nacional. Esta cimentado sobre la misma roca y une todas las piezas metálicas con remaches, esos bulones típicos que se colocaban en caliente y que sujetan rascacielos y construcciones de medio mundo. En una placa, que nadie lee, dice “1928”. Esta preparado para doble vía, como toda la línea en sus 366 kilómetros de largo. Algo que sin duda, encareció mucho más la obra y no sirvió para nada. Jamás pasaron por aquí dos trenes a la vez. Además, estaba calculado para una elevada carga, 45 kg por metro según he leído, la más alta de la época en toda Europa. E igualmente jamás transportó esa carga para el que estaba proyectado.

Cansado de tanto balastro, con los pies doloridos y ampollados, salí de las colosales cortaduras de la Horadada para entrar en las Merindades. Un comarca que cierra la provincia de Burgos al norte con Vizcaya y Cantabria. Por estos valles se dio origen a Castilla y de por aquí vienen los condes que luego serían reyes de España.

Crucé el río Nela por un precioso puente medieval y entré en Trespaderne. Era la hora de la siesta y no había ni un alma por las calles. En el primer lugar que vi abierto me metí y, suerte del viajero, conocí a Fernando Peña, periodista y dueño del pequeño restaurante donde comí y encontré muchas historias y recuerdos del tren.

03102015-DSC04009Fernando ha escrito varios libros acerca de vida e historia de esta región y en alguno habla sobre el Santander-Mediterráneo. Ojeándolos recordó cuando era chaval y oía a los mayores hablar de la dureza de los hombres que recorrían las vías andando. – Era un trabajo durísimo el de esa gente. Caminaban de noche, hiciera el tiempo que hiciera, para comprobar que ningún derrumbe, árbol caído o la nieve acumulada bloqueaba la vía para el tren de la mañana.- Mostrándome las fotos de aquella época relató que aquel mundo murió definitivamente cuando se llevaron el tren. - Recuerdo historias de ataques de lobos – seguía contando - o como una vez encontraron a un trabajador congelado después de una fuerte ventisca en invierno, que por supuesto, eran mucho más duras que las de ahora -.

Lleno de orgullo me explicó que hace unos años denunció a unos gitanos rumanos que venían por la noche a llevarse las estructuras de acero y los railes de los puentes que aún quedan.

Con los pensamientos absortos en esas gentes que de noche caminaban las vías dejé el lugar. Estaba recorriendo sus mismos pasos con buen tiempo, sintiendo la soledad extrema de estos desfiladeros, y podía imaginar la dureza de aquel trabajo. Una labor tan ingrata como desconocida.

Bajando de Trespaderne, hacia las vías, llegué de nuevo el río Nela. Tan flojito bajaba que permitía cruzarlo saltando entre las piedras. A media distancia de la otra orilla, me descalcé y metí los doloridos pies en el agua. El gélido masaje fue mano de santo. Aguanté más de diez minutos con ellos sumergidos hasta que se quedaron insensibles y morados, pero sirvió para que olvidaran la sufrida caminata y rejuvenecieron. Al subir de nuevo a la vía encontré una boda; si, una boda en la estación… Aquí decidieron hacer un complejo multiusos que se alquila para eventos, y ese día había una fiesta de recién casados. La gente estaba tomando copas pegada al trazado de la vía y se extrañaron cuando me vieron llegar.

- Hola, ¿De dónde vienes?

- De Burgos - repliqué – caminando toda la vía del tren. - ¡No jodas!

En un instante me convertí en la atracción del momento. Yo allí, con la mochila y la pinta de vagabundo entre las chicas vestidas de noche y tacones de aguja. El alcohol, sin duda, les daba ese punto de alegría y desparpajo, y todos se agolpaban para hacerse una foto conmigo. Sin quererlo me convertí en la anécdota de la fiesta. Es irónico que una obra de ingeniería de tanta envergadura, haya quedado, en el mejor de los casos, para organizar bodas y comuniones.

En fin, allí estaba, con mis atuendos de viajero mochilero entre tanto traje y lentejuelas, haciendo fotos y siendo el objeto de muchas de ellas. Cuando les dije que debía seguir mi camino insistieron enérgicamente en que me quedara. Yo sabía que tarde o temprano iban a perder el interés por mi y me costó mucho escaparme. Pero finalmente me alejé y poco a poco se fue apagando el jolgorio de la fiesta quedando atrás para siempre. ¡Buena suerte a los recién casados!. Tenía por delante una bonita tarde con el sol escondiéndose detrás de la imponente montaña de la Tesla. Los arboles, batidos por la suave brisa humedad que llegaba del cantábrico, fueron de nuevo mis compañeros de viaje. Estaba adentrándome en el valle que ha sido origen de parte de mis ancestros y ese momento de soledad, justo cuando todo se detiene para rendir pleitesía al espectáculo de las últimas luces, empecé a recordar todas aquellas vivencias de cuando era un chaval y venía cada verano por estas tierras. Algo que como este tren que desaparece, va quedando atrás y no volverá jamás.

Al día siguiente pronosticaban lluvia y cambio radical del tiempo, incluso podía empezar esta misma noche, a si que elegí dormir bajo techo. Llegué de noche a Nofuentes y un señor mayor, como no podía ser de otra manera en estos pueblos, me envió a la Ventilla. Todo un descubrimiento. Justo el lugar que estaba buscando.

La Ventila es una posada, es decir: bar, hospedaje y restaurante añejo. Tiene vigas retorcidas en el techo, paredes enfoscadas en yeso y objetos colgados que bien podrían estar en algún museo histórico. Estas ventas han existido desde los tiempos en que se iba en caballerías. Servían para cambiar el tiro y dar descanso a los sufridos viajeros. Entonces un viaje duraba semanas, a tiradas de lo que puede una persona o caballo caminar en un día: unas seis leguas (25-30 kilómetros aproximadamente). Lo regentan dos mujeres simpáticas y amables que hacen la estancia muy confortable. Una de ellas me contó que la venta tiene casi doscientos años y orgullosa me fue explicando las fotos que colgaban de la pared. Viajeros que en su camino pasaron por aquí.

Como yo me puse enseguida a preguntar por todo, me presentaron a Dionisio, un señor mayor, que encantado, se puso a responderme a todo mi interrogatorio. Con su cara redonda y alegre me explicó que las gentes de por aquí no tienes interés por nada – Al no haber gente joven con nuevas ideas y proyectos no hay empuje – con una voz enérgica decía. – la gente mayor no quiere que les cambien su rutina. Todo eso de rutas verdes y más jaleo que rompa su tranquilidad no les gusta.-

Al lado había una grupo de viejos jugando la partida que dejaron a medias para entrar en la conversación. Sin duda un extranjero, interesándome por el pasado, les atraía más que las cartas que manosean todos los días. Uno de ellos más conocedor y seguramente con mas formación me contó que esta vía ya se creó deficitaria. Encantado de que yo le escuchara me explicó las causas de su desaparición – En los años veinte empezaron los primeros barcos frigoríficos algo que no tuvieron en cuenta los políticos -.

01102015-DSC03736La idea de esta vía era llevar los productos agrícolas de levante al cantábrico y de allí embarcarlos al norte de Europa. Pero no se terminó. Nunca llegó al Cantábrico, se quedó a una treintena de kilómetros. – Y como se quedó solo para pasajeros – continuó – no podía ser rentable con la poca población de por aquí -.

Tenía razón, la causa principal por la que no fue exitosa era que como nunca pudo servir para lo que se había pensado jamás fue rentable.

- Fueron los de Bilbao, que no querían competencias y pararon las obras -, lanzó uno de los compañeros de partida. Otro replicó -¿Qué es eso de echar la culpa a Bilbao? En este país no se hace autocrítica, era un proyecto sin futuro y hubo que buscar un culpable. Comenzando a continuación una airada discusión, típica de los corrillos de los bares.

Desde siempre se ha contado por aquí que fueron las presiones del puerto de Bilbao las que decantaron la balanza a su favor y consiguieron que el tren no llegara a Santander. Una línea que hubiera llevado mercancías por delante de las narices de los vascos sin que ellos olieran nada no lo podían consentir. El peso de sus influencias, lo que hoy llamamos “lobby”, fue suficiente para condenar al fracaso un proyecto de tanta envergadura. La historia se repite una y otra vez.

Fuera ya de las discusiones, en el confort de la chimenea, con la lluvia y el viento rugiendo fuera, escribí todo lo que me habían contado. La venta se había quedado sin su contertulios y estaba ya tranquila, solo me acompañaban en el salón una sonriente galesa que comenzaba un viaje alrededor del mundo en bici, ni más ni menos; y un periodista leones que la seguía por estas tierras.

A la mañana siguiente me encontré de nuevo a los viejos, que habían venido a la venta a tomar su café y no dejaban de contar anécdotas desviadas del tema que me interesaba. Me despedí y fui de nuevo a las vías.

Un viento fortísimo del oeste enloquecía el valle. Las nubes corrían por el cielo como perseguidas. Los arboles se combaban y rugían por las rachas que llegaban en oleadas haciéndome tambalear. Además, unas gotas finas, como alfileres, venían con esas bocanadas furiosas y me impedían siquiera abrir los ojos. Aún así, no me rendí y poco a poco fui avanzando por tendidas lomas siguiendo la cicatriz de la vía.

El colérico viento producía algo bueno, las nueces y avellanas que estaban a punto caían fácilmente al suelo y durante toda la mañana me harté de las mejores y más frescas que había comido en mucho tiempo. Encontré algún aldeano recogiéndolas que me observaba extrañado cuando les contaba desde donde venía. Y así, entre nueces, avellanas y solitario, divisé finalmente la estación de Medina de Pomar.

Después de cuatro días andando empezaba a ser consciente de la envergadura del Santander Mediterráneo. Kilómetro a kilómetro había ido empapándome de su historia y su triste destino. Alguien me comentó en un bar que durante años había habido intentos por ponerla de nuevo en uso, pero todo se quedó en eso, en intentos. Ahora, casi treinta años después de que el último tren la recorriera y otros cien casi desde su construcción, lo que queda esta desapareciendo. No solo los puentes, sus vías y traviesas, sino las gentes que la usaron, los que la hicieron posible, y en definitiva, un mundo que poco a poco desaparecerá para siempre.

- Fin primera parte -

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