Por la calle 14

Por la calle 14

Hasta los años setenta en Nueva York, si uno deambulaba por la mitad oeste en la calle 14, era fácil sentirse como en casa. Le rodeaba el ambiente hispano, o mejor dicho español, de lo que hasta esas fechas se llamó la “Little Spain”. Bares asturianos, ultramarinos gallegos y decenas de rótulos con nombres como los de cualquier pueblo patrio. Sobre esos locales viviendas habitadas por inmigrantes que nacieron en España y muchas décadas después mantenían sus lazos con lo que habían dejado atrás.

La idea generalizada de la gran inmigración a Estados Unidos contempla solamente a los italianos e irlandeses que llegaron en abarrotados barcos huyendo de la miseria europea. Pero se desconoce que, aunque no tan numerosos, hubo una importante llegada de españoles desde finales del siglo diecinueve hasta los años treinta. Compatriotas que se presentaron con todas sus pertenencias en una maleta, sin hablar el idioma, en un mundo desconocido y en busca de futuro tan esperanzador como incierto.

DSC023802En el pasado mes de Mayo me subí en uno de los abarrotados ferrys que cruzan el río Hudson para desembarcan en la isla museo de Ellis Island. Un islote aislado en la bahía donde llegaron los millones de almas antes de comenzar su sueño americano. Atravesar las puertas y caminar tranquilamente por las mismas estancias es retroceder en el tiempo e imaginar el desasosiego, emoción, miedo y desamparo de los miles y miles de pobres hombres, mujeres y niños que pasaron por allí.

Los turistas que a diario lo visitan tienen, tenemos, una curiosidad mitad nostálgica mitad mística en busca de esos lazos con los pobres diablos que como rebaños arrastraron sus agotados cuerpos por estos pasillos. Familias enteras que sin entender nada pasaron los controles migratorios que les permitían desperdigarse por el país.

Entre todos esos cientos de miles de Italianos, Irlandeses, Centroeuropeos, Escandinavos, Balcánicos, Rusos, Armenios, judíos, etc; hubo unos cuantos miles de Españoles. Uno de ellos fue mi abuelo.

Mi abuelo materno, Benito Flechoso Salvador, con poco más de veinte años llego a Nueva York embarcado en la tercera clase del buque Saratoga. Le acompañaba su hermano menor Salvador. Atrás habían dejado su humilde existencia en un pequeño pueblo Zamorano del Valle de Aliste.


Aquel Marzo de 1916, seguramente sintiendo el frío viento norte que se humedece en el gélido río Hudson, pusieron pie en un destino que ni por asomo podían imaginar. Pasaron los controles médicos, eran jóvenes y sanos, firmaron torpemente los documentos de entrada sin entender una palabra las indicaciones que les daban los agentes de inmigración y atravesaron la puerta hacia un nuevo futuro.

Su existencia las primeras semanas tuvo que ser muy precaria, con algún trabajo esporádico y mal pagado, intentando aprender y asimilar todo lo que les pasaba al rededor.

En el 97 de Orchat Street hay un museo muy revelador de las condiciones de vida que tuvieron que soportar los inmigrantes en sus primeros pasos en la ciudad. Hacinados en pequeños cuartos compartidos, fríos en invierno y calurosos en verano, tendrían la calle como único refúgio. Y al igual que yo ahora deambulo kilómetros de grandes avenidas intentando profundizar en el espíritu de esta frenética ciudad, imagino a mi abuelo caminando por las calles sin un centavo, con los zapatos roídos y llevando un gastado abrigo en busca de una existencia mejor.

Seguramente habitó la calle 14, allí llevaba ya muchos años abierta La Nacional, lugar de encuentro y beneficencia de los españoles que llegaban perdidos a su nuevo país. Entre sus visitantes ilustres encontramos a García Lorca cuando escribió Un poeta en Nueva York; o a Sorolla y Picasso antes de que fueran mundialmente conocidos.

Hoy su actividad continua. Con un halo nostálgico y enfocada más a actividades culturales sigue siendo un lugar de encuentro para los compatriotas que pasan por allí. Su secretario, Robert, es un neoyorquino hijo de asturiano que en aceptable español trabaja para que siga viva. Algo admirable en los tiempos que corren, tan frenéticos y frívolos con todo aquello que huela a pasado.

Robert me cuenta, enseñándome fotografías del ambiente del barrio desde principio de siglo, que aquel Little Spain se desvaneció en el tiempo cuando la calle paso a engrosar la lista de áreas de Nueva York sumidas en la delincuencia y narcotráfico. Corrían los años setenta y los españoles que vivían allí se fueron mudando y desperdigándose por la ciudad. Eran ya segundas y terceras generaciones y no necesitaban añoranzas patrias y sosiego entre los suyos.DSC033552

Mi abuelo dejó Nueva York y vivió principalmente en Detroit. Fue empleado en la Ford y posteriormente trabajó en algo que le hizo viajar mucho por el país, porque he descubierto múltiples pasos fronterizos en Méjico y Canadá.

En mi investigación he obtenido incluso direcciones de casas que alquiló, datos de la seguridad social, de viajes a España, y de otras personas relacionadas con él que lo mentan como “relative of Benito Flechoso, English speaker” . Un montón de información que aún debo analizar en la búsqueda de un pasado desconocido y envuelto en misterio. Como por ejemplo, los Flechoso que he encontrado domiciliados en Miami o California. ¿De quién son parientes? ¿Algún hermano más que vino por aquí?