De lo que se pierde

De lo que se pierde

Un vendedor que se ha jugado el tipo y sus bienes para llegar hasta allí, extiende la mercancía en la orilla del río. Sobre la hierba va arrojando un variado de prendas, suéteres, faldas y ropa interior, mezcladas con utensilios de cocina y herramientas. Un indefinido montón de cosas multicolores y asombrosamente atractivo para los sonrientes indios. El comerciante es un tipo grueso y moreno. Por sus venas corre la sangre agitada de las razas del caribe. Una mezcla que le da el conocimiento suficiente para recorrer durante días la costa en un pequeño bote, alcanzando los lugares más recónditos y profundos de la comarca indígena Gnobe.

Todo lo que nos rodea es selva y yo sería incapaz de encontrar ni una casa, pero milagrosamente y sin que haya ninguna comunicación previa o grito, van saliendo por diminutas sendas hombres y mujeres, niños y perros, como si existiese un mensaje ancestral y oculto a los “evolucionados” hombres blancos que les hace saber cuando deben reunirse en un lugar. Al principio se acercan asustadizos, mi presencia a un lado con la cámara les intimida, pero enseguida dejan atrás sus reticencias, se olvidan de mi y se ponen a rebuscar en el montón.

Made in China se le en las etiquetas, pero no les importan, no saben leer,  lo que les interesa es el precio barato. “Cuanto” preguntan: “a un dólar”, “ eso a dos” ,“tres”. Las prendas pasan de mano en mano y conversan en su idioma ininteligible para mi. Se ríen, hacen bromas y poco a poco van saliendo grasientos billetes, de no se dónde, que el vendedor,  chapurreando algunas palabras en su idioma, agarra ávidamente en un abultado fajo que entra y sale rápidamente de su bolsillo. Es la esencia del mercadeo, del trueque, del cambio… Esta en la naturaleza del ser humano, siempre ha estado y estará.

Imagino estas mismas escenas hace siglos cuando llegaron los primeros europeos. Entonces intercambiaban objetos aquí desconocidos por piedras y metales preciosos, los dólares de entonces. No era un cambio injusto. Yo que he estado perdido durante semanas en los bosques, se el valor que puede tener un arma de metal o un pequeño espejo donde nunca ha existido, y si ese objeto tan fascinante se podía conseguir por un puñado de pepitas doradas que se encuentra en el río, no creo que fuera un mal negocio. Hay que pensar siempre en esa perspectiva y dejar de ver esos trueques como engaños, cada cosa tiene su valor, en su lugar y su tiempo.

Mientras observo, rodeado de una vegetación aún salvaje y bella, con el río inmutable y limpio corriendo a unos metros, pienso en que estas pequeñas aventuras del vendedor, ahora esporádicas, se irán haciendo cada vez más frecuentes, llegarán más, los Gnobe viajarán fuera también, y les irá asimilando poco a poco el desarrollo y con él la tabla rasa de la homogeneización cultural que se extiende por todo le planeta imparable y vencedora. Las mujeres de aquí visten unos preciosos vestidos de algodón liso y teñidos de radiantes colores, los mismos que las flores que encuentran en la selva. Los adornan con cuellos y mangas repuntadas y les caen hasta los tobillos, acentuando sus curvas cuando caminan o se meten el río. En poco tiempo los sustituirán por prendas horteras, de pésima calidad, con estridentes inscripciones de palabras en ingles que para ellos son lo más. En un par de generaciones ya será difícil encontrar a una mujer de aquí vistiendo el traje “tradicional” que vino después de ir desnudos, se habrá perdido para siempre. Con la homogeneización desaparece la frescura y la sorpresa de lo diferente. Qué aburrido será el futuro cuando todos parezcamos y hagamos lo mismo. Y lo triste es que estas gentes pasaran de ser indígenas que viven ancestralmente a pobres de una sociedad desarrollada.

Ogobre es un indio gnobe que me explica con pasión como vivió hace más de cincuenta años un costumbre casi perdida llamada Balsería. Consistía en juntar grupos de hombres de diferentes poblados y liarse a golpes, uno a uno, para ver quien era el mas bravo, el mejor luchador. El combate, donde todo valía, terminaba cuando uno de los oponentes se rendía. El campeón, además del reconocimiento obtenido, podía, entre otras cosas, disponer y llevarse a la mujer del contrario, ella lo acepta sin más. Aunque siempre tenía el riesgo de que el antiguo marido y derrotado luchador volviese y se liara a palos para recuperar a su antigua mujer. Esta costumbre se remonta a los tiempos en que los hombres de estas tierras tropicales eran cazadores y guerreros que luchaban entre tribus en busca de lugares de caza y mujeres. La Balsería esta casi perdida, pero aún se practica en las zonas mas profundas de la selva donde habitan las poblaciones menos asimiladas. Debió ser fascinante ver esas concentraciones de luchas organizadas para demostrar el valor. Asistir a ellas sería volver a lo profundo de los tiempos.

Ogobre me lo cuenta con esa añoranza de lo pasado y me explica que desde que llegó la evangelización todas las viejas costumbres van desapareciendo. Se han perdido las fiestas donde se bebía chica fuerte, un fermentado altamente alcohólico y alucinógeno, que a ritmo de tambores se consumía en las celebraciones y eventos sociales de la tribu. Ahora todo eso se ve mal. Han sido absorbidos por una reglas que los alinean y dejan estériles, todo se ve con pecado, son, podríamos decir, extremistas religiosos, porque por ejemplo, un sencillo baile con tu propia mujer, es visto como algo que incita a la lujuria y no a la procreación.

DSC005422Cuando he preguntado en los poblados sobre los viejos y chamanes todos me ignoran, nadie quiere saber o se han perdido, lo asocian al pasado que entienden como un tiempo superado. Algo que se quedó en una época oscura, aún no habían sido “iluminados” por la evangelización. La creencias son una elección particular de cada uno, deben estar asumidas desde el conocimiento y la razón. Llegar a lugares donde la ignorancia y sencillez son campo abonado para reclutar adeptos es un oportunismo que produce los efectos que relato.

Ellos se sienten felices con sus actuales creencias.