Pocos se atreven

Pocos se atreven

Tan solo unos locos constructores españoles, con mucho arrojo y valentía, son los únicos que han aceptado el reto. Ellos son los culpables de que yo viva ya un tiempo por aquí, y puedo afirmar de primera mano que el desafío es enorme: construir varios colegios en una de las zonas más perdidas y aisladas de la comarca indígena Gnobe-Buble en Panamá.

La aventura comenzó el día que decidieron dejar todo lo que conocían y emigraron a otro país para empezar de cero. Tuvieron que adaptarse a sus nuevos hábitos, aprender sus entresijos y atajos. Pelear y someterse a una administración ineficiente que les llevó a recorrer caminos oscuros, sufrir retrasos, perdidas, etc. Y todo eso para conseguir inicialmente la licitación de una obra que, a priori, parecía fácil. Nada imposible para un constructor español, espoleado por la crisis, que años atrás era capaz de comerse el mundo.

Tras esta etapa de muchos meses de esfuerzo y soledad en la moderna y lujosa capital dio comienzo la aventura física de enfrentarte al lugar. Para llegar a los emplazamientos deben atravesar medio país por carreteras de tramos destruidos, cruzar pasos de montaña con vientos enfurecidos y nieblas permanentes; y alcanzar, tras un día de viaje, la costa de la Comarca indígena. Aquí cambiar de su seguro vehículo a un pequeño bote que, por unas aguas constantemente batidas por el viento alisio y zarandeado por olas de varios metros, les llevaran por una costa inhóspita, sin poblaciones ni resguardo, llena de arrecifes y escollos, a lo largo de 70 millas de mar abierto. Alcanzar una desembocadura custodiada por peligrosas rompientes, que si se pueden atravesar, les permiten ascender por un río hasta el comienzo de una sinuosa senda, que flanqueada por la selva, les deja en el emplazamiento del futuro colegio. En fin, unas peripecias suficientes para llenar páginas de aventuras, pero solo en uno de los proyectos, en los otros deben añadir al coctel ríos turbulentos que no se pueden cruzar, elevaciones enormes que superar, caminos embarrados e intransitables, decenas de imprevistos, más aislamiento, etc, etc…

Ahora que ha podido alcanzar el lugar y conoce su realidad espacial, deben conseguir todo lo que necesita para hacer el colegio; parten desde cero, el cero más absoluto. Por ese largo periplo que sus huesos han soportado deben buscar las manera de traer todos los materiales que una construcción requiere. El cemento, el hierro, los ladrillos, las máquinas, carpintería, fontanería, un interminable etc que tiene que enfrentarse a las mismas dificultades. Abrir kilómetros de caminos donde nunca los hubo, construir puentes, dragar bocas de ríos, traer máquinas a lugares que viven en otro siglo, el combustible necesario, sus repuestos… Recuerdo la cara de asombro de los pocos pescadores que allí viven cuando aparecimos con las máquinas en una de esas playas de postal. Llegamos con la barcaza de desembarco y varamos en la orilla, por su férrea puerta abatida salieron dos monstruos de acero que rompieron la idílica paz del lugar. Todos se acercaron alucinados a ver aquello; nos contaron en un limitado español que desde la década de 1960, cuando los gringos hicieron allí un simulacro de desembarco por la similitud a las selvas de Vietnan, jamás habían visto un vehículo rodando por esa región. Nuestras máquinas tuvieron que avanzar lentamente durante días por las playas y abrir después su propio camino metro a metro por la espesura para llegar al proyecto.

Hasta aquí la realidad física; ahora el factor humano. La gente que atrevidos constructores español lleva a trabajar allá tiene que aislarse durante semanas o meses, sin comunicaciones, sin electricidad; trayéndolo todo, hasta la comida, estos lugares tienen una escasez y variedad tan triste de alimentos que comer solo arroz y yuca romperá la resistencia del más fuerte. Los indígenas que encuentran están en su medio y serán dispuestos peones, pero sin formación, para ellos construir usando algo más allá de los árboles es totalmente novedoso.

Para finalizar, y ya que se tiene una idea de lo que supone el reto, añado dos elementos que vienen unidos y son inseparables. Por un lado las eternas lluvias que no cesan, agua que lo dificulta todo, sube el nivel de los ríos a cruzar, produce lodazales interminables que van a imposibilitan cualquier actividad, bloqueando vehículos, llenando zanjas, impidiendo hasta el simple caminar. Y son lluvias que duran meses en algunas zonas, o no cesan, doy fe de ello. Valga el dato que en Galicia, la región de España famosa por sus lluvias recibe unos 2000 mm anuales en las zonas más húmedas, aquí te enfrentarás a cifras superiores a los 4000 mm.

Finalmente, la otra gran protagonista siempre presente e inamovible, la grandiosa selva, que te rodea con sus peligros acechándote en la espesura. En ella se esconden animales que fácilmente pueden acabar contigo. Serpientes venenosas que apenas de dejarán unos minutos de vida si por los recovecos del destino se cruzan en tu camino. Insectos de todo tipo que te harán la vida imposible, sin olvidar los mosquitos que te esperarán con malaria o dengue; soy testigo de que en una de las localizaciones los malditos zancudos te acribillan sin posibilidad de escape. La selva siempre ha estado allí, esta, y estará cuando ya nadie nos recuerde.

Hasta aquí un retrato de pinceladas solo oscuras. De dificultades casi insalvables. Pero siempre hay un lado bueno. La plasticidad de ver un cayuco deslizarse suavemente sobre la lánguida corriente del río, atrapado entre una tupida orilla de plantas trepadoras, palmeras y gigantescos árboles que oscurecen el suelo, solo se puede disfrutar alcanzando estas regiones. Territorios donde la selva es la protagonista indiscutible, dueña y señora de todo. Con una agresividad y un poder cedido solamente a las orillas de inmensas playas que dan pie al mar Caribe. Un lugar de breves atardeceres que anestesian sus minutos en una prolongación de luces y sonidos acordados, como para establecer una tregua entre todos los que la habitan. Y unidos a su agreste belleza sus habitantes. Hombres mujeres y niños, que cuanto más aislados y difíciles de alcanzar, más inocentes y puros son. De una mirada cristalina, sin ocultar nada, de semblante triste y sonrisa permanente, de miedo ancestral.

09122014-DSC00353Con ellos se viven momentos fantásticos, como la graciosa sorpresa que nos llevamos tras repartir los cascos de obra a los indígenas, días después de la entrega aparecieron todos los “pelaos” (así llaman aquí a los niños) correteando por allí desnudos con los coloridos cascos que les quedaban enormes y se les caían en sus carreras, les habíamos entregado sin saberlo nuevos juguetes multicolores.

No se si a estos valientes constructores les compensará solo el mercantilismo de su reto. A mi, tratar con estas gentes y ser aceptado entre ellos, saber que estos niños casi olvidados tendrán una oportunidad extra para formarse, presenciar como el necesitado dinero que llega de lejos se distribuye, y sobre todo, tener la oportunidad de vivir una aventura inolvidable e impregnarme de su naturaleza indomable, me compensa.

Aunque la fascinación por la novedad ya se ha perdido aún recuerdo las horas de emoción que viví en el avión que me trajo. En las notas que escribí decía “Una sonrisa se dibuja en mi rostro pensando que desconozco dónde voy y lo que me depara el futuro, tan solo una idea vaga me alienta y hace correr la sangre por mis venas con ganas de enfrentarse a una nueva etapa” . 

Hay momentos malos, donde casi puedes agarrar el asa de tu mochila y largarte, pero como siempre, se pasan. Al final, como dice un esforzado compañero “ Todo debe acabar bien, porque si termina mal, es que no ha acabado aún.” 

En fin, esta aventura se la debo a esos locos constructores que con mucho arrojo y valentía aceptaron este reto, los culpables de que hoy escriba estas líneas.

Rambala, Panamá, Marzo 2015