Rio Chucará

Río Chucará

Río Chucará es mi población preferida de entre todas las que conozco por aquí. Esta formada por un desparramado desigual de casas a ambos lados del río que da nombre al lugar. Las construcciones, de tablones y techo de palma, se elevan sobre una ondulante pradera de hierba creando un paisaje idílico. Mas allá de las casas no hay otra cosa que la impenetrable selva y su agresiva vegetación. Como el río parte el pueblo en dos mitades todo el día hay un trasiego constante de cayucos animando la placentera existencia de sus habitantes. A veces he pasado horas contemplando absorto este lento va y viene de botes dirigidos indistintamente por hombres, mujeres o niños. Me fascina la suavidad con la que se deslizan, apenas unos centímetros sobre el agua, y envidio su habilidad para manejarlos.

Para llegar a Chucará se debe navegar setenta millas de mar abierto por el Caribe recorriendo el litoral de la península Valiente. El trayecto tiene abundantes escollos y arrecifes en su primera mitad y sigue después paralelo a una costa de interminables playas vírgenes y despobladas. El río es fácil encontrarlo, desde lejos se distingue la bruma originada por las rompientes justo en la desembocadura. Las imponentes olas, formadas cientos de millas mar adentro por el viento alisio, llegan a la costa en unas elevaciones sorprendentes y se precipitan en cascadas de miles de litros espumosos que sin cesar chocan con la corriente de salida del agua dulce. La forma de entrar consiste en esperar el hueco entre dos olas y, jugando con el acelerador, mantenerse justo detrás de la que por delante va rompiendo sin que te alcance la precedente que rugiendo te persigue amenazante. Tras unos cien metros entre la espuma viene un giro brusco al superar una zona de bajos y se sale así del tren de olas. No hacerlo de esta manera te conduciría directo a estrellarte contra la playa, seguramente volcado y nadando entre remolinos. Es una maniobra arriesgada y técnica. A veces las olas son anormalmente más grandes y no hay margen de error. Ya ha habido varios casos de botes volcados con muertos por ahogamiento y desaparecidos. Además los tiburones patrullan por allí en busca de los peces de la desembocadura, y no dudarán ni un momento en probar otro tipo de presa.

La salida es más peligrosa aún, debes enfrentarte sí o sí a las olas que van entrando y no es raro tener que esperar durante días a que esos monstruos de agua se apacigüen y se puedan atravesar.

Una vez superada la desembocadura viene una apacible navegación de varios kilómetros por el ancho y sereno río que te va sumergiendo en la belleza ancestral del lugar. Se avanza suavemente cercado por la vegetación exhuberante, solamente interrumpida con alguna estrecha senda por donde los indígenas bajan al río y alcanzan sus inestables cayucos atados en la orilla. Si tienes la suerte de llegar en un día soleado, el verde luminoso de las orillas, el agua cristalina, las montañas salvajes al fondo y la paz del lugar, te harán disfrutar de una combinación soberbia, difícil de superar.

Los indígenas por aquí son diferentes a los de otras zonas más desarrolladas. Tiene menos contacto con el mundo moderno y se les nota una pureza e inocencia en la mirada poco común. Son de estatura media baja, de robustas y fuertes piernas y brazos. De caras redondas y facciones suaves. No están obesos como los latinos o caribeños urbanos. Y aunque se muestran reservados en un principio, no es difícil entablar una conversación al poco tiempo o jugar con los niños que te observan boquiabiertos. Con las mujeres la cosa es más sutil, actúan atendiendo a un código de conducta común que las hace evitar a los “chui” -extranjeros-, seguramente fruto de años de avasallamiento de todo lo exterior.

Yo estoy aquí por un proyecto de edificación de nuevos colegios en las zonas más remotas y desfavorecidas del país, lo que implica unas complicaciones logísticas que a veces se hacen mayúsculas. No hay nada de donde partir; la soledad de estas poblaciones indígenas, junto con una naturaleza indomable, hace que el reto sea enorme. Hay que traerlo todo, hacer caminos nuevos, encontrar gente que quiera venir hasta aquí, enfrertarse al medio y luchar contra impedimentos que serían banales en cualquier otra localización. A mi me gusta calificar el lugar como salvaje, duro e inocente. Salvaje por su aislamiento y la naturaleza que obliga a sus habitantes a vivir de acuerdo con ella. Duro por sus peligros del mar y de la tierra, donde a parte de los normales peligros que acechan constantemente en una selva tropical, uno tiene que enfrentarse con resignación a la malaria. Río Chucará es uno de los puntos rojos del Caribe (Se tiene un 25% de posibilidades de enfermar y es imposible evitar a los mosquitos que te acribillan). Y por último, es inocente, contemplado en sus gentes de mirada pura, sobre todo las mujeres y niños.

Hoy, día catorce de Febrero, me he dado una paliza caminando más de ocho horas para poder llamar por teléfono. He tenido que ir hasta Santa Catalina donde se encuentra el único aparato que te puede comunicar con el resto del mundo. He partido temprano y por un atajo. Seguía los pasos de un trabajador local de control de plagas de malaria. Es indio y de nombre Lucas. Forma parte de un grupo creado exclusivamente por le gobierno para intentar mitigar la epidemia. Controlan las zonas donde puede criar el mosquito anofeles y, dentro de sus limitaciones, ayudan a los enfermos. Como es indio camina rápido y ágil por la selva. Me considero buen caminante, llevo muchos años subiendo montañas, pero aquí la cosa es diferente. Bajar por un barranco pisando resbaladizas piedras mojadas, a la velocidad y soltura que hacía mi guía, poca gente lo puede superar. Es su medio. Descalzo, pisando por igual piedras, troncos, barro y agua, bajaba las pendientes dejándome atrás. Yo como podía le seguía, intentando repetir sus movimientos y las mismas pisadas, y con gran esfuerzo conseguía al menos no perderle de vista. La prueba final vino en una larga zona encharcada con pinta de tragarte hasta el pecho en un barro fino y pegajoso. Había que andar por más de cien metros sobre finos troncos inestables y arrojados de forma irregular que a veces estaban sumergidos. El pasó primero y se volvió para ver mi caída, pensando seguramente que tendría que volver para rescatarme. Con toda mi concentración, tambaleándome, y a punto de perder el equilibrio varias veces, pude cruzar sin caerme. Yo mismo me sorprendí por no haber dado de bruces en ese barro tan peligroso. Y mi felicidad aumentó aún más cuando me contó que era el primer no indígena que había pasado por allí. Al igual que los primeros conquistadores hoyando en primicia estas tierras, mis tenebrosos pasos habían sido los primeros de un occidental por aquel camino. Al llegar a la playa el se fue por otro camino y yo seguí mi andadura por la inmensa planicie de arena que durante kilómetros sin ver a nadie me llevó hasta ese teléfono.

Estos lugares tan aislados muestran cosas sorprendentes. Y una de las que más me llama la atención es las creencias en seres mitológicos y fantásticos que habitan en la selva. En una de las noches charlando, uno de los trabajadores me contó como no hacía mucho tiempo se había encontrado con la “tulivieja”. En su pobre vocabulario la definió como mitad humano mitad animal, con la altura de un niño, de largas melenas canosas hasta los pies y cara oscura e indefinida que le da un aspecto tenebroso y maligno. Vive en lo mas profundo y tenebroso de la selva y es famosa por llevarse a los niños y los pequeños animales domésticos. ¡Qué en pleno siglo veintiuno se puedan oír estas historias me parece fascinante!. Fruto de la ignorancia, la sugestión y de un terror a la oscuridad y a los peligros de la selva, estos habitantes afirman la existencia de estos seres que temen. Recuerdo la miradas de asombro y pavor de los que me rodeaban cuando este señor contaba su experiencia. Ellos las creen sin dudar ni una palabra, al igual que brujas y otros demonios. Como los que afirmaba haber tenido molestándole durante la noche a uno de ellos que dormía a mi lado en otra hamaca atada al mismo tronco que el mío. Afirmaba que con movimientos bruscos la bruja le había estado zarandeando la hamaca y le había impedido dormir. Si esto hubiera sido así, le dije yo, también habría movido la mía. El me respondió que no me enteré porque me adormeció con un hechizo. Le contesté que la próxima vez me despierte para presenciarlo en directo y poder hacerle una foto.

Todo esto te lo cuentan convencidos y el repertorio de historias es enorme. Que aburrido es el mundo más desarrollado que ya ha perdido estas creencias ancestrales. En fin, cosas que uno puede disfrutar en este fascinante lugar que es río Chucará.

Rio Chucará esta en la comarca indígena Gnobe-Buble, Centroamérica. Marzo 2015