Riña de Gallos

Riña de Gallos

La noche pasada asistí a una de “Riña de Gallos”. Un evento sorprendente que se celebró en unas casetas de madera y techo de chapa en el precario campo de fútbol. El grupo de tres o cuatro construcciones había surgido de la nada y no pudimos evitar acercarnos. Sorteando los vehículos todoterreno aparcados desordenadamente y algún caballo ensillado entramos a curiosear. Pasamos junto a pequeños mostradores a la izquierda donde se repartía comida y bebida, a la derecha, un bailadero con música “típico”, y finalmente, un barracón mejor iluminado donde se agolpaba la mayoría de los lugareños. Su aspecto novedoso invitaba a investigar lo que ocurría dentro. A si que, pagando cinco dólares, entré y asistí a mi primera riña de gallos.

Para los europeos las peleas de estos animales se asocian con la clandestinidad y la delincuencia. Tenemos interiorizado que son algo prohibido y oculto. Fruto en su mayor parte a las películas gringas que muestran las diversiones más bajas en la libertina frontera del sur. Pero desde Méjico hasta los confines de Sudamérica estos combates son legales y muy apreciados. Se organizan en campeonatos que llegan a ser internacionales y encumbran a indiferentes gallos que obtienen una fama tan efímera como breve su existencia.

A alguien que viene del país de las corridas de toros, no le debería impresionar demasiado esas orgía de sangre, vicio e insensibilidad que desde lo más profundo de la condición humana y desde atávicas costumbres traen sobre la arena estos festejos. Pero debo reconocer que la fiereza de una lucha trágica y el ambiente tan lujurioso creado por las personas allí reunidas me impactaron.

El centro de ceremonias consistía en un hexágono de tablas que cerraba un espacio de no más de cuatro metros de diámetro y que cubierto por rudas esteras, hacía de pequeño circo donde se batían los animales. Alrededor, unas sillas ocupadas por los “apoderados” de los gallos y los notables del lugar. Y tras ellos, y elevada, una rudimentaria grada de irregulares tablones donde se abarrotaba el resto de público. El barracón estaba iluminado por unas cuantas bombillas de luz fluctuante al compás del generador que rugía fuera y sobre todos un techo de chapa en previsión de posibles lluvias.

Encontré difícilmente un hueco entre el público que de pie cerraba el círculo. Unos cincuenta hombres y mujeres latinos vestidos mas elegantes de lo normal. Sin duda, un acontecimiento como este , en sus tranquilas vidas provincianas, es una ocasión para reunirse y tomar algo que no ocurre todos los sábados. Algunos de ellos intercambiaba rápidamente grasientos billetes fruto de las apuestas del combate anterior. Y en ese desorden concertado aparecieron dos personas dentro del círculo mostrando los gallos que en breve se batirían a muerte. Los frotaban con agua para humedecer las plumas y evitar así ser más fácilmente asidos por su oponente. Tenían un aspecto terrible, las crestas de la cabeza se las habían cortado, las plumas de parte del cuerpo arrancado y mostraban una agilidad y fiereza muy superior a los gallos normales de un corral. La gente parecía conocerlos. Comenzaron las apuestas entre unos y otros en un código que apenas entendía, sin que hubiera alguien encargado de apuntar las cantidades y llevar un orden.

Tras esa breve presentación, y sin soltarlos, aproximaron a los dos contrincantes que inmediatamente intentaron atacarse. Después este gesto de provocación ensayado los dejaron solos, frente a frente, sobre la estera que aún mostraba la sangre del combate anterior. Al principio daban saltos acompasados y se golpeaban con los espolones cual boxeadores en el ring. Eran capaces de mantenerse un instante suspendidos y revolotear en rápidos movimientos que lanzaban un frenesí de plumas al aire para caer al suelo y empezar de nuevo. Tras estos primeros embates se quedaron súbitamente quietos, observándose con ojos ensangrentados y fieros. Una quietud para estudiarse y previa al desenlace fatal. Las plumas del cuello las mostraban erizadas formando un collarín amenazador. Se podían observar las garras afiladas intencionadamente por sus amos y el plumaje retocado según las zonas del cuerpo.

Parte del público tan solo observaba, otros jaleaban a uno y otro en un éxtasis sangriento, dando ánimos asesinos al gallo por que habían apostado. Como si estos pudieran entender esas palabras que ni siquiera yo alcanzaba a comprender.  De súbito, los animales que habían permanecido esos segundos inmovibles, se abalanzaron uno sobre el otro y comenzaron a picotearse en fuertes sacudida donde se podían apreciar los terribles cortes en el cuello de ambos.

Ninguno de los dos parecía dominar a su adversario. El gallo de plumaje mas pardo esperaba y respondía con igual agresividad a su oponente de plumas oscuras y terminación azul violáceas que se abalanzaba cada dos por tres. De vez en cuando uno de ellos agarraba con la pata el cuello del otro y lo tumbaba, cosa que el publico jaleaba con gritos mas altos y que significa el kao por inmovilización del adversario, pero siempre el gallo aprisionado podía revolverse rápidamente y continuar luchando. Después de casi un minuto de picotazos cortantes y tener los cuellos chorreando sangre los dos animales parecían dar síntomas de cansancio y sus movimientos empezaron a hacerse más lentos y jadeantes. Esta reducción de actividad en la lucha provocó un mayor griterío por parte del público que animaba con más intensidad a sabiendas que los dos animales empezaban a estar mal heridos y exhaustos.

En este ambiente tan agresivo uno de los gallos golpeo una vez más a su rival y un chorro de sangre se disparó al aire salpicando los brazos de parte del público que en primera fila observaba el combate. No pareció importarles, estaban tan exhortos en la lujuria de muerte  que tenían delante que incluso aumentó, más si cabe, el vocerío y las sonrisas en una orgía de sangre como traída de los más remotos tiempos bíblicos.

El pobre gallo que más sangraba, el de plumaje pardo, cayo de bruces y el otro, con dificultades, se subió encima agarrándolo por el cuello con las garras y mirando a ninguna parte. Un gesto de victoria que el público celebró como vencedor del combate. Yo solo pude ver en sus ojos inyectados en sangre y su cuello chorreante una mirada de extenuación, como queriendo decir: he salido vivo de esta.

En un último embate, el gallo de plumas oscuras volvió a asestar un terrible picotazo seguido de un desgarro en la cabeza de su moribundo rival y este quedó aún mas quieto, inerte. Se dio por finalizado el combate. Alguien del público salió rápidamente y agarró al oscuro gallo vencedor que apenas se tenía en pié y se lo llevó sonriente. El pardo fue también sacado del pequeño circo con la cabeza colgante y chorreando sangre, no se si muerto o vivo aún.

La gente, sin prestarles atención, se lanzó a un rápido e ininteligible intercambio de billetes de dólar. Saldaban las apuestas, las caras de los enriquecidos contrastaban con los ofuscados perdedores, que maldiciendo al gallo perdedor, pagaban en bruscos gestos. Sin mostrar ningún respeto por el esfuerzo mortal que les habían brindado.

Por mi parte tuve suficiente, en unos instantes comenzaba otro combate y de nuevo presentaban otros gallos, con el griterío de las renovadas apuestas indiferentes el drama que habíamos presenciado.

Salí de allí un poco aturdido he impresionado. Andando me fui alejando de aquel tumulto y enseguida quedé arropado por la suave noche tropical y las eternas estrellas que brillaban como nunca en el cielo.

Enero 2015,  Panamá.